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Por Fabiola González Ontiveros

Yo creo que la mayoría de los mexicanos no estamos contentos por la situación del país, en la que gobiernan los que no deben y todos los días se vive un gran relajo en el que ya no es seguro salir ni a la tienda, porque no puedes saber quién te está observando, o si te paras en el lugar equivocado en el momento equivocado.

Lamentablemente, por mucho que nos disguste la situación no podemos hacer gran cosa individualmente, y además sé que mucha gente sale huyendo de sus estados por lo grave que está la violencia, porque aunque a México sólo le queda el color rojo de la sangre, todavía está más manchado en unas partes que en otras.

Por supuesto, si pudieran ya se hubieran ido también del país, pero la verdad es que los únicos que tienen dinero para irse son precisamente esos de los que huiríamos. Encima de que ellos no se van, los demás estamos condenados a quedarnos.

México es como una gran familia disfuncional en la que todos se agarran del chongo entre ellos, se pelean y se contentan, se sacan la sangre (cuánta sangre se han sacado últimamente), pero al parecer, como es familia no pasa nada. Las ovejas negras, que son muchas empezando por los narquillos que presumen serlo, hasta los expertos que le huyen al coyote (recordando la caricatura del correcaminos) gracias a que tienen al perro que siempre los cuida, con el perro me refiero al gobierno en general que les anda sirviendo de tapadera.

Aquí los delincuentes se escabullen, los ricos por supuesto, los que tienen con qué callarle la boca al que se las quiera hacer de jamón, pero cuidado y agarren a una francesa y que su presidente se aloque en reclamarla, porque entonces sí México saca las uñas.

Aclaro que no me parece mal que no la quieran extraditar, está por todos lados comprobado que la mujer es culpable por más bonito que hable el francés, debe de cumplir su condena en donde cometió el delito, en Francia para qué la queremos encerrada, que lo pague aquí, como debe de ser. Y México está dispuesto a responder “hasta donde Francia quiera” según Lourdes Aranda, por defender la condena de 60 años de cárcel a una secuestradora.

Repito, no lo veo mal… lo que no me parece es que los delincuentes de aquí se salgan con la suya como si tal cosa, porque tienen la sartén por el mango, o más bien, la pistola por la cacha. ¿Supieron que les quitaron una pistola bañada de oro, con diamantes incrustados y la leyenda de “la familia michoacana”? Hágame usted el recabrón favor, a dónde hemos llegado por Dios, me molesta, me indigna tener que andar con miedo por las calles, fijándome en cada persona, viéndoles a todos con caras de maleante, y tener que rezar en el camión de camino a la escuela para que tenga suerte y “hoy no me pase algo”.

En cambio la gente pobre, el común denominador pues, los que se rehúsan a vender droga y se fajan trabajando, que no pueden defenderse… a esos sí se los carga el payaso, porque no pueden comprar a nadie, apenas tienen dinero para vivir y si los culpan de algún delito saben que ya no hay nada más que hacer.

Esto lo digo por Antonio Zúñiga, si usted no sabe quién es… permítame decírselo.

Antonio Zúñiga es un hombre que mandaron a prisión por 20 años acusado de haber matado a alguien que él dijo no haber visto nunca antes. Luego llegaron Layda Negrete y Roberto Hernández, dos abogados que, interesados en el caso, se dedicaron a investigarlo y documentarlo con el objetivo de presentar pruebas que lograran regresarle la libertad, así que metieron cámaras a la cárcel.

Habría matado a su víctima en una pelea callejera, pero resulta que a esa hora un montón de gente lo vio en otro lado, y aunque todos ellos testificaron que no estaba ahí, además de no encontrar ninguna prueba contundente de su culpabilidad y dar negativo en un examen para ver si tenía restos de pólvora, de todos modos lo condenaron 20 años tras la única declaración del primo del muertito que dijo haberlo visto matar a su pariente.

El documental funcionó y a Antonio lo absolvieron, y después los dos abogados decidieron que México debería tener una prueba real de cómo funciona el sistema en nuestro querido México, así que el documental se convirtió en una película llamada Presunto Culpable que ganó un montón de premios en festivales internacionales, nada más y nada menos que por relatar la realidad en la que vivimos, en la que todos los pobres son culpables hasta que se demuestre lo contrario, y los ricos mientras no los encuentren con 20 toneladas de cocaína en la espalda, no hay manera de que los metan a la cárcel.

La película se estrenará comercialmente la próxima semana y, no puedo asegurarlo porque no estoy en Tepa, pero supongo que no llegará a las salas de Plaza Galerías, lo cual es una pena porque de verdad es una película que todos los mexicanos deberíamos de ver. Lo triste es que no será nada nuevo, porque no es algo que no sepamos que existe, ni tampoco vamos a concientizarnos, eso no me corresponde a mí, les corresponde a los de arriba que permitieron que la situación llegar al nivel en el que está ahorita.

Y así como Antonio hay miles de personas encarceladas, que no hicieron nada y están ocupando el lugar de los verdaderos delincuentes. No digo que todos los que están encarcelados sean inocentes, también a veces la policía hace bien su trabajo, el problema es que no puede agarrar a los peces gordos.

Así que seguramente nos seguiremos peleando con nuestros parientes lejanos del viejo continente… como si no bastara con que nuestra propia gran familia, problemática y disfuncional que es México, no se estuviera destruyendo sola.

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