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Por el padre Miguel Ángel
padre.miguel.angel@hotmail.com

Un día, alguien fue a buscar a Sócrates y le dijo: tengo que contarte cómo se ha comportado tu amigo. -Un momento, -le dijo el sabio- ¿has pasado lo que me vas a decir por las tres cribas? -¿Qué cribas? -La primera: la de la Verdad. ¿Lo has visto tú mismo o te lo han contado? -No. Me lo han contado. -Bien, bien.

Pero lo habrás filtrado por la segunda criba, la de la bondad. Si lo que me quieres contar no es del todo verdad, al menos será algo bueno. -Oh no. Todo lo contrario… -Ensayemos la tercera criba. Veamos si es útil lo que tantas ganas tienes de contarme. -¿Util? No necesariamente.

Entonces dijo Sócrates sonriendo: si lo que tienes que decirme no es verdadero, ni bueno, ni útil, prefiero no saberlo. Y a ti, te aconsejo que lo olvides. Los hombres siempre buscamos razones para justificarlo todo, siempre buscamos culpables para condenarles o responsables para premiarles. Razones para juzgar o criticar y sentirnos tranquilos, después de hacerlo, como si nada hubiera pasado. Jesús ve las cosas con otros ojos y nos dice: Dios no es un policía.

Dios no da tarjetas verdes porque no tiene fronteras. Dios no ve la ceguera como castigo por el pecado sino como ocasión para manifestar su amor salvador. Dios está en la ceguera y en la sanación. Y Jesús en aquél encuentro con el ciego de nacimiento realizó un signo de salvación, la obra de Dios, el trabajo de compasión y de amor.

Para Dios no hay culpables; hay solo personas que salvar, personas destinadas a ver la gloria de Dios, personas llamadas a ver, a conocer a Jesús, al salvador. Ayer fue el ciego, hoy somos nosotros. Sólo Jesús puede hacer este milagro de abrir los ojos para ver las cosas de Dios y las cosas del mundo con los ojos de Dios. Si miramos a los demás personas con ojos humanos, es decir muy superficialmente, podemos caer en el peligro de equivocarnos, pues como dice el dicho “caras vemos, corazones no sabemos”.

En cambio, si miramos a las personas y lo que ellas hacen con los ojos de Dios, es decir, si dejamos que Dios sea el que juzgue, entonces no nos vamos a equivocar, porque El es el único que conoce lo que hay en el interior de cada persona. Dice Jesús en el Evangelio: “No juzgues y no serás juzgado, no condenes y no serás condenado”.

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