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Por Ana Paula de la Torre Díaz

Cuando Díaz Ordaz, era natural que el gobierno creyera que podía echar mano de las libertades individuales de una persona a fin de salvaguardar “el bien común”, a su juicio. Sin embargo en los últimos cuarenta años las cosas han cambiado, un sólo caso puede provocar transformaciones profundas en los regímenes políticos. El último año es muestra de ello, Fariñas en Cuba con su huelga de hambre atrajo la atención mediática del mundo entero logrando liberaciones de presos políticos. El caso de chino Nobel de la paz que sigue en prisión pero que ha dejado a China con la lupa encima del mundo entero, con total desaprobación. El caso Julián Assange de wikileaks que ha logrado un apoyo tal gracias a las redes sociales digitales que sería difícil que cualquier gobierno pensara en torturarlo.

La muerte del joven tunecino que encendió todo un movimiento en medio oriente que continuará en los próximos años. Y es que somos la sociedad de la información, las nuevas tecnologías han hecho que en cuestión de segundos la gente se apropie, suba, difunda y evalúe información en Internet sin que el gobierno o los medios de comunicación tradicionales puedan hacer nada. Hoy día, gobierno que se mete con derechos humanos de una sola persona, más cuando se trata de un activista, puede propiciar su propia caída.

¿Qué es lo que está pasando en Chihuahua, específicamente en Ciudad Juárez que en los últimos meses han ultimado a dos activistas y que la madrugada del jueves quemaron la casa de otra? Es casi impensable que el gobierno provoque las muertes porque sólo activaría que se le señale con lo que se le ha venido señalando por años (cosa que a toda costa quiere evitar), cualquier gobierno hoy día sabe que meterse con un activista es complicar las cosas, volverlas completamente en su contra.

¿Qué está pasando entonces en Chihuahua que en cosa de meses van ya tres ataques separados a activistas, todas ellas mujeres? Lo mismo, un odio hacia las mujeres en la zona, el ataque del jueves por ejemplo, fue efectuado por un grupo armado que decidió incendiar su casa mientras ella (la activista Malú García

Andrade presidenta de la organización ‘Nuestras hijas de regreso a casa’), se encontraba en un campamento apoyando a la familia Reyes Salazar, frente a la Fiscalía de Justicia en la Zona Norte.

En el fondo el crimen organizado, con un fiel mensaje, odio hacia cualquiera que se oponga a su labor, y un desmedido odio también hacia las mujeres que a la fecha no se entiende de dónde viene. Sería interesante hacer un análisis psico social a la entidad, históricamente, ¿Qué es lo que está provocando este odio?

Todavía peor odiar una mujer que busca un cambio y que sobresale, odiarla más por eso. Si de “por sí” Chihuahua está metida en violencia aguda en los últimos años, los ataques a activistas mujeres solo están confirmando algo que los grandes grados de violencia no opacan. La mujer en Chihuahua, es odiada. Que no levante la voz, porque la odiamos más. Es ese el mensaje directo.

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