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José Velázquez, el panadero fotógrafo
Hasta a los muertos les toma fotos, no importa que asusten

Antes la gente se molestaba o corría para que no los retrataran
Por Flavia Mariela
Pensaba un día que a quién podía entrevistar. Y ya con mis compañeros hicimos un listado. Curiosamente algunas personas creen que no merecen ser protagonistas de esta sección, que porque hay gente más importante para entrevistar o porque hay gente que tiene historias más curiosas para contar.
Una de las personas que sin dudar dijo que sí es el fotógrafo José Velázquez. Y en menos de una hora se presentó a la oficina dispuesto a contar lo poco que recuerda.
Según él, ya no tiene la memoria de antes.
Soy medio menso para hablar, ¿no le hace? – comenzó diciendo.
“Bueno, mire, soy fotógrafo desde el 64. Pues en ese tiempo, fotógrafos de la calle nada más estábamos un señor llamado Pablo García y yo. Pero estudios estaban Foto París, Foto García, Foto Viana y Gutiérrez, eran cuatro estudios fotográficos nomás en Tepa”.
¿Cómo se lanzó a la fotografía? ¿Por gusto, necesidad o qué?
No, no. Fue una cosa bien facilita. En aquellos años, frente al mercado la gente vendía pan y leche y en vez de ir hoy a los taquitos, la gente iba a esos puestecitos. Eran poquitos habitantes en aquel entonces, como 35 mil y llegaba la gente a comer ahí. Eran cuatro o cinco puestos. Y un día un señor dueño de uno de esos puestos me dijo ‘oye, yo me voy a quitar de aquí ¿no te quieres quedar a vender? Te pago 5 pesos’. Ah caray, se me hizo mucho el dinero y le dije que sí. Al rato, no le convino y me dijo ‘mira, te lo voy a dejar’. Entonces yo compraba por decir 10 litros de leche y 4 ó 5 piezas de pan y la gente venía a cenar.
Y ahí llegaban unos fotógrafos de Michoacán que andan por la calle tomando fotos a los niños. Me dijeron ‘¿oye, no te quieres poner de fotógrafo? ¿cuánto ganas aquí?’ No, pues gano 5 pesos le dije. No, vente conmigo que vas a ganar 8, me dijo. Ah, entonces me voy con usted, le contesté.
Y así fue como me hice fotógrafo. Andábamos por Tepa, por la Capilla, por San José. Al rato andábamos también por León, Guanajuato, buscándole.
Niños sin calzones
Tenía como 18 años, traía el pelo hasta por acá (se reía recordando aquellos años mientras señalaba con sus manos a la altura de los hombros).
Andaba por las calles, mi especialidad eran los niños. Les tomaba fotos a los niños sin calzones o una y otra niña toda despeinada. Y al otro día iba a preguntar casa por casa dónde vivían esos niños. Ya me decían dónde y entonces iba con su mamá y le decía ‘oiga ¿no me quiere comprar esta foto donde está su niña para que cuando esté grande se la enseñe?’ A algunos les daba gusto, otros se enojaban. ‘¿Y cuánto valen?’ no, pues un peso nomás. Ah, entonces venga mañana por el peso, me decían. Y de ese modo me fui haciendo fotógrafo.
Al rato me metí con Foto García y con Foto París y me hice un poquito más fotógrafo. Ya de ahí me salí por mi cuenta. Pero duré como 5 ó 6 años en la calle.
Luego venía la gente y me decía que su hijo o hija se iba a casar que si no le tomaba dos o tres fotos.
El flash sí que
era trabajoso
Había que medir los metros con los pies, para poder enfocar. ¡No, una chulada! No había flash. Luego después salieron unos flashes… yo cargaba una bolsita para traer los foquitos, cada foto que tomaba ¡pum! Tronaba un foco. Entonces si estabas trabajando tenías que quitarlos luego luego, pero como estaban bien calientes te quemabas los dedos y así con los otros.
Una vez tenía que tomar una foto en una boda en el Santuario y traía yo un flash de esos de cubo. Y parece que estaba defectuoso porque tomé una foto y explotó. No, viera cómo se reía la gente, algunos les decían a los novios que ellos habían tronado la cámara, a mí hasta vergüenza me daba.
La cámara con la que comencé a trabajar era una de cajón, de las que se veía por arriba. El rollo podía ser de 120 ó 620, tomabas una foto y tenías que recorrerlo con una manijita hasta que se atorara y eso quería decir que ya estaba listo para otra foto. Luego tenía que ubicar a las personas por la luz, si no lo hacía bien, al revelarlas se veía la pura silueta. Era muy curioso.
En aquel tiempo las cámaras costabas 120 pesos, la más buena unos 300. Pero para ganarlos estaba difícil porque cuando bien me iba ganaba unos 18 pesos. Me acuerdo y me hace reír.
La difunta le
guiñó el ojo
Me casé muy jovencito, ni lo va a creer pero me casé de 15 años. Ella me llevaba dos años. Tuvimos 8 hijos, 40 nietos y 14 bisnietos.
¿Y no le ha tocado fotografiar muertos?
Sí, claro, todavía. Muchos no van pero yo sí, a mí no me espanta eso y conste que cuando se murió la mamá del Padre Soria, él me dice: ‘oye, ¿no le tomas una foto a mi mamá? Nomás que ella acaba de morir’ y justo en el momento en que levantamos la tapa para retratar a la señora cae un rayazo que casi me hace tirar la cámara del susto. Pero fue una coincidencia nomás.
Y otra en la funeraria, se había muerto la mamá del señor Federico y estaba tomándole la foto cuando abrió uno de los ojos. ¡Chín marín! Y le tomé otra y ya salió con los ojos cerrados. Su hija corrió con el doctor para decirle que su mamá estaba viva, pero no, cuál viva; el doctor dijo qué sabe qué de un nervio que se le reventó. Esa sí me dio cosa.
Tuve muchos problemas aquí. La gente me atacó por lo de La Condenada y quién sabe qué. Porque los del sitio de taxis dijeron en broma que yo le había tomado una foto a La Condenada, que tenía los pelos parados. Como el pueblo era chiquito… toda la gente venía a buscarme a la casa o donde trabajaba. Cientos de gentes venían y preguntaban ‘¿oiga no está La Condenada aquí?’ No, es puro cuento de los del sitio. Hasta decían que cuando iba caminando La Condenada por el Santuario iba levantando los ladrillos y que yo le había tomado una foto. Como era el único fotógrafo de aquí…
Perros, hijos
de la chingada
Cuando se usaban esos flashes que te decía, había veces que sin querer les llegaba la luz a otras personas además de la que estaba fotografiando. ‘Oye, ¿por qué me vienes a retratar? No, no.’ Me decían. ‘No, a mí me dio la luz allá’.
Era muy difícil tomar una foto, a veces me tocaba ir a los ranchos y cuando veían que traía una cámara la gente salía corriendo, se asustaba. O me tocaba que me corrieran los perros hijos de su chingada…
La gente se creía todo, también para el lado de San Antonio, después de lo de La Condenada, un señor que hacía cueritos mató a su esposa y ya decían que la habían hecho cueritos. Sí la cortó en pedacitos pero no para hacerla cueritos, eso sí fue verdad. La hizo como cueritos pero no la hizo cueritos.
Ahora cualquiera toma fotos
¿Cree que ahora cualquier persona es fotógrafo?
Sí, desde que salieron unas cámaras, anteriores a las digitales, cualquiera tomaba fotos. Ya no tenías que enfocar y esas cosas.
En mi época, era más difícil, no cualquiera era fotógrafo. Medir la luz, la velocidad, enfocar, la distancia, todo a mano. Ahora todo es más fácil con la tecnología pero antes todo era al “tanteómetro”.
Y antes tener una cámara propia era muy costoso, yo me acuerdo que los doctores Martín del Campo tenían una camarita de plástico y la llevaban colgada del cuello, creo que era una Fiesta 127. Puras de plástico pero nomás los ricos las tenían. Luego empezaron a salir más y más y ya cualquiera tiene hoy una.
Y todo mi archivo lo perdí, los tenía guardado pero un día se metió el agua donde estaban esas cajas y al mojarse se me perdió todo. Quien tenía un archivo muy bueno era don Juan Flores.
Me acuerdo que cuando estaba de presidente Don Barba, la calle de la presidencia no estaba pavimentada ni nada, y venía una troca cargada de milpas, magueyes y no podían pasar, entonces como burla al presidente les plantaron magueyes, nopales en toda la calle desde La Alameda y esa foto también se me perdió con el agua.
Fotógrafo presidencial
¿Cuál fue el trabajo más importante que le encargaron?
Fue la campaña del doctor Chuy para presidente. Teníamos que ir por todas las colonias. Hasta permiso para llevar pistola y toda la cosa. Y desde ahí fui el fotógrafo de la presidencia.
Y con un solo ojo…
En un momento, don José mete su mano en la bolsa y saca una pila de ‘papelitos’ como del tamaño de las tarjetas de presentación, sujetos con una liguita. Pero no, resultaron ser fotos de ese tamaño que orgulloso las carga.
Mientras pasaba una y otra me iba contando que de joven era muy sinvergüenza porque las muchachas se le acercaban mucho pero que nunca dejó a su mujer por otra. ‘¿Y ese quién es? Se preguntaba la gente cuando yo llegaba a una fiesta. No, que es el fotógrafo. Uh, era muy importante eso antes.
‘Mira, aquí es donde tengo el cabello largo’ y se reía. “y en esta tengo cara de inocente”.
Así iba sacando una y otra fotito y seguía contándome. ‘Hace como 25 años me accidenté con un arma y perdí el ojo derecho’.
¿Y eso le impidió trabajar? Le pregunté. “No, poco a poco fui acostumbrando el ojo izquierdo pero no me costó tanto”.
“Como le digo, para mí la fotografía así fue. Comenzó con unos clientes de pan con leche”.
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