>+ Pues a lo mejor no, pero sí era Calavera Boy


+ Ahora es Alcapone… la música en las plazas

Por Flavia Mariela

Vidal Pérez Sandoval, o Vidal a secas como conocemos varios a este señor que por varios años dirigió la Casa de la Cultura, es actualmente el coordinador de nuevos espacios culturales, organizando eventos en el centro de Tepatitlán, colonias y delegaciones.

Chaparrón, de cejas pobladas, las cuales se peina con sus manos cada tanto -tal vez inconscientemente- y su bigote bien recortadito.

Varias veces me tocó subir a unos de los pisos de la Casa de la Cultura y verlo en su “espacio”, no sé cómo llamarlo, pero es el lugar donde él se la pasa desde las seis de la tarde hasta casi las nueve de la noche poniendo música para la gente que está en las plazas.

Y digo que no sé cómo llamarlo porque es un lugar muy pequeño, allí está el equipo de sonido y la colección de cientos de discos compactos con música de todo el mundo y para todos los gustos. A veces tiene una pila de periódicos viejos y revistas. A un costado, en una de las paredes tiene un espejo donde se empareja con unas tijeritas su bigote. Las paredes tienen azulejos que alguna vez fueron blancos. ¿Qué habrá sido eso en el pasado?, ¿una cocina?

Y ahí fui hasta que escuché música en la plaza, como para no errarle.

Llego al primer piso y me lo topo. “A usted lo estaba buscando”, -le dije.

– “Pues ya me encontró” – respondió.

Y ya nos sentamos a charlar mientras la música navideña sonaba de fondo.

Registrándole el
chiquillo a la gente

Vidal me comentaba cómo fue que, trabajando durante dos administraciones en el registro civil, llega el señor Enrique Navarro de la Mora a la presidencia y lo vuelve a convocar para ese cargo, pero no va que ya para ese entonces la ley contemplaba que el oficial fuera licenciado, o abogado, cosa que Vidal no era, y fue así como llegó a la Casa de la Cultura como subdirector.

Pero tampoco fue tan casual la cosa, según me seguía contando. “Lo de poner música en la plaza a mí se me ocurrió. Resulta que en una de las administraciones que había estado en el registro civil nosotros habíamos instalado un equipo de sonido, pero mandábamos la música desde ahí y cubríamos lo que son los portales.

Ese equipo de sonido luego se tronó, yo no seguí en el registro civil y a nadie le interesó retomarlo. Ya cuando llego a la Casa de la Cultura a mí se me ocurre sonorizar las dos plazas, pero el proyecto abarcaba además los portales y todo lo adoquinado del mercado.

Resulta que los primeros meses de la administración de Enrique me fui con todos los comerciantes (del mercado) y entre algunos de ellos había quienes no querían, porque imaginaron, tal vez no supe explicarles, que la música sonaría todo el día y llegaría a ser molesto”.

En ese momento Enrique Navarro le sugiere que nomás sonorizara las dos plazas para que no hubiera problemas con los comerciantes, pero como ya se había juntado todo el dinero para el proyecto inicial, lo que se hizo fue comprar el equipo de sonido para las dos plazas del centro y otro para el auditorio de la Casa de la Cultura, que para aquel entonces en cada evento debía de rentarse uno.

“Y desde abril del 2001 las plazas tienen música por las tardes. A mí me gusta ver, aún en tiempos de frío, que hay gente que se viene a la plaza, pero en tiempos de calor… ¡qué bonitas las familias que vienen!”
“Intentamos mandarles música a un volumen que les permita estar platicando, también intentamos no repetirles mucho”.

“Al principio la idea era mandar casi pura música clásica, pero vi que no, había gente que me conoce y me decía: ‘oye, espérame pos…’ Y a partir de ahí intentando darle gusto a todo mundo, mando instrumental, un poquito de clásico, un Vicente Fernández y tríos porque me gusta mucho la música romántica”.

“Me han dicho que de acuerdo a mi estado de ánimo es la música que pongo. Y resulta que se me hace muy curioso, mucha gente ya me conoce y cuando por algún motivo no puedo pasar música, al día siguiente me preguntan que qué me pasó. Eso me dice que la gente ya se acostumbró a que la plaza tenga música”.

Sigue contando Vidal que esta idea ya se la han copiado municipios vecinos, que han ido a preguntarle cómo es que hace él, cómo funciona y qué se necesita.

“Cuando uno hace un trabajo que le gusta no se cansa. Yo mismo disfruto de la música, prendo el sonido y leo el periódico. Las casi tres horas me la paso muy bien”.

Complacencias

Y mientras él relataba todo esto pensaba si habría gente que subiera hasta donde él está para pedirle tal o cual tema, como en los programas de radio, o si a veces le tocaba poner música que no le gustara. Y se lo pregunté.

“Sí, casualmente el otro día, tengo amistad con unas muchachitas del café de aquí de a la vuelta y una de ellas me dice: ‘Señor Vidal hoy es mi cumpleaños, póngame Las Mañanitas’. Y por qué no -le dije. O si no también a veces vienen amigos a la plaza y me piden: ‘Oye Vidal por qué no pones hoy música de equis cantante’ y eso hago. Estamos en la mejor disposición para cumplirle el gusto a la gente”.

“Y mira, me pasó una cosa bien curiosa, estaba una de tantas noches como hoy, cuando tenía un disco de los pianos barrocos, sube un señor… era un señor ya mayor que venía de Estados Unidos y me dijo: oiga, me gusta mucho esa música. Y justo tenía una copia de ese disco para una persona que no vino a retirarla nunca y se la di. Tan agradecido estuvo el señor que en el mes de septiembre pasado vino y me regaló dos colecciones de música, la Misa de Réquiem de Mozart ¿y todo por qué?, por el disquito que le regalé aquella vez. Jamás pensé que este señor me trajera todo esto, hasta pena me dio que viniera cargando. Pero fue casualidad, la música de órgano tubular no es para cualquier ocasión, nomás que esa noche, justo había un rosario frente a la parroquia, yo apagué la música por un momento y cuando estaban terminando de rezar puse el disco de órgano tubular y este señor la oyó. Quedé muy bien sin querer queriendo”.

Pero no siempre pasa eso, Vidal reconoció que no toda la música es de su preferencia, resultó que también hay géneros que definitivamente no le gusta pasar.

Menos banda

“Sin duda estoy mal, porque no necesariamente tengo que poner lo que me guste, pero mira, la música de banda a mí no me entra. No sé, tengo en mi mente la Banda El Recodo cuando tocaban paso doble, “Mi gusto es” pero no cantado, esa Banda El Recodo me encantaba. Pero ya cuando le pusieron cantantes para mí que la tronaron, según mis gustos.

No la pongo, me niego. Y tengo que reconocer que no está bien porque hay muchísima gente afuera que le gusta la banda. Sin embargo cuando armo el programa de las fiestas de abril, programo bandas porque sé que van a jalar mucho público”.

Y la plática continuaba, muy a gusto por cierto. Cada tanto sonaba el teléfono, eran personas que le consultaban sobre el evento que habría al día siguiente en la plaza: Se rompería nada más y nada menos que unas de las piñatas más grandes que se hayan construido.

Yo lo observaba. Él mientras atendía el teléfono se miraba al espejo y se peinaba una ceja, la derecha. Y terminando continuábamos. ¿En qué estábamos? Me preguntaba.

En eso se me ocurrió preguntarle que cómo había nacido ese gusto por la música, e inesperadamente me enteré de una parte muy importante de su vida, que jamás me la hubiera imaginado.

Una travesura y
un mal estudiante

“Yo nací en un rancho, en una comunidad muy chica del municipio de Nochistlán, y por ahí estuve estudiando música un tiempo en Guadalajara. No era mi vocación, sin embargo, por circunstancias que se dieron me mandaron a estudiar a la escuela de música sacra”.

“Insisto, no tengo cualidades para la música ni vocación. Tan no las tengo que a pesar de que estudié algunos años no soy un “musicasazo”, sin embargo me mantuve de la música”.

“Yo trabajé como organista oficial de la parroquia de mi tierra por 7 años, y otros 7 años también como organista oficial en la parroquia de Yahualica. Pero como te digo, por años me mantuve de la música, aun habiendo sido un mal estudiante”.

“Pero resulta que el gusto por la música vine porque durante los años que estuve en Guadalajara yo fui a vivir con una tía y en su casa todos eran músicos. Tengo un tío que en ese tiempo era el único técnico en órganos tubulares en Guadalajara, con un título traído de Roma, se llama Moisés Sandoval. Hasta la fecha él y sus hijos vienen siendo responsables de todos los órganos tubulares de allí. En la Catedral casi viven dos de sus hijos que son los que dan mantenimiento a ese instrumento”.

“Entonces en su casa yo oía mucha música de piano porque además él es pianista”.

“Cuando me mandan a Guadalajara, que por cierto me desorientó muy feo porque yo venía de un rancho, de cuidar a las vacas, y luego me meten a la enorme ciudad que para mí era un mundo desconocidísimo totalmente, tardé mucho tiempo en poderme adaptar. Aparte me pusieron en la escuela de música sacra pero de interno”.

“En ese tiempo, el obispo manda una circular a todas las parroquias donde decía que era prudente que en cada parroquia hubiese una persona preparada en música y canto para que acompañe el culto”.

“Entonces la única cualidad que me encontraban para la música o que creyeron que tenía gusto por la música, es porque en la iglesia de mi rancho había un instrumento musical llamado armonio o armónico, al que uno le da aire con unos pedales y ese aire hace que una flauta pite”.

“Ese armónico tenía un candado con unas armellas, y yo iba, medio le levantaba una tapa, le daba aire con el pedal y le metía una navaja para hacer sonar una tecla. Y entonces dijeron ‘a este le gusta la música’. Pero no, créeme que siempre pensé en estudiar para maestro”.

A la Normal no,
se hace uno ateo

“Yo metí mis papeles cuando terminé la primaria para hacer mi examen de admisión a la Normal de San Marcos, pero el sacerdote que estaba en mi tierra le dijo a mi mamá que la Normal era atea, que me iban a voltear allá y que me iban a hacer de otra religión”.

“El mismo día en que partiría a la Normal, me llevaron a Guadalajara”.

“Cualidad en la música, nada más que esa travesura. Mira, debo confesar que tuve una oportunidad enorme que todos los días me arrepiento de no haberla aprovechado. Todos los días”.

En ese momento Vidal se pone una mano en el corazón y recuerda con muchísima nostalgia. Se le notaba en sus ojos.

“Tengo muchos amigos que son músicos estupendos, y cuando los oigo es cuando me llega ese remordimiento, y confieso que mis padres eran muy humildes, muy pobres y el costo de la escuela de música sacra, a pesar de que era muy bajo, la iglesia que me mandó pagaba un mes y mis papás otro. Sin embargo no tienes una idea de lo que mis padres, pobrecitos, batallaban para cubrir ese mes; y que yo, ingrato, malo o como me quieras llamar, tuve maestros muy buenos, pero yo fui un muy mal estudiante. Perdí el tiempo y a mis años veo y escucho a los pianistas y me truena el cerebro de pensar que desaproveché esa oportunidad que Dios me puso con todo ese sacrificio que mis padres hicieron. Pero bendito sea Dios, con todas mis deficiencias pude mantenerme de la música”.

Y menos mal que cambió un poco el tema, porque ya se me hacía un nudo en la garganta al verlo.

Calaveras

Y al rato con lo que seguía contando se me olvidó por un momento lo anterior. Resulta que, bueno, así y todo, Vidal cuando vivía en Yahualica, ya casado él, un grupo de jóvenes lo escucha tocar en misa y lo invitan a formar parte de su grupo “Los Calaveras Boys”, ya para cuando terminó de decirme cómo se llamaban no pude evitar soltar una carcajada al imaginármelo, por lo menos con el cabello largo.
Entonces empezó a contarme sobre esos años de su vida.

“Resulta que cuando llego a Yahualica un fulano se me acerca y me dice: ‘Oye, nosotros tenemos un grupo pero no tenemos quién toque el teclado’. Yo le pregunté que dónde se reunían para ir a verlos. Más que nada quería ver su nivel, si eran muy buenos entonces no lo haría”.

“Compré un órgano, entré al grupo y cada uno de los músicos lograba su parte imitando mucho a Los Fredy’s y a grupos que estaban en ese momento sonando. Eso nos generó mucho trabajo y nos iba muy bien”.
Nos mandamos a hacer unos trajes de solapa roja y las camisas con unos olanzotes así (mientras con las manos señalaba el tamaño de esos detalles). Estábamos muy elegantes”.

“Veníamos mucho a Tepa porque hice amistad con los señores Íñiguez, de La Cascada, y me daban mucho trabajo. Tocábamos también en clubes deportivos en El Industrial y el Tepa. Y en una de esas veces, vine a visitar a mi tía Lola que vivía aquí. Yo iba con mi traje negro, de solapa roja y mi camisa, la de los olanzotes y me dijo: ‘¡Ay Vidal, mira nomás qué traje traes, tú ya eres artista!’. ¡Cómo se me grabó!”.

No podíamos parar de reírnos, él recordándolo y yo imaginando.

Despachando en el baño

Y ya para terminar no podía quedarme con la duda de saber qué era allí ese cuarto antes de que se convirtiera en el cuartito del sonido.

“Mira, esto fue el baño de mujeres. Cuando llego a la Casa de la Cultura este cuartito lo usaban los conserjes para guardar sus herramientas, y cuando se compra este equipo de sonido busco dónde ponerlo. Lo que hice fue mandar a los conserjes abajo y poner aquí el equipo. Pero no sé por qué lo quitaron como baño”.

Desentrañado el misterio le pido si tiene fotos de aquella época de Los Calaveras Boys. Las tiene pero no sabe dónde están, pero sí dijo tener una que a él le gusta mucho, una de cuando joven que halló en la casa de sus papás una vez que fallecieron.

Dijo riéndose pero al mismo tiempo un poco apenado: “Me gusta esa foto, mira tú estás joven y los años todavía no te han hecho nada, pero en mí sí. Yo recuerdo cuando era joven (me cuenta mientras se pone de pie y se mira en el espejo) que tenía mi bigote negro. Recuerdo haber estado rasurándome y ponerme la espuma de jabón en el bigote y decir ‘así me voy a ver cuando esté viejo’, y lógicamente me caía el agua y mi bigote volvía a estar negro. Pero los años llegan y hacen esto que estás viendo. Entonces por eso me gusta mucho esa foto. Si me ves, no me pinto el cabello porque así quiero verme, original”.

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