>Por el padre Miguel Ángel
padre.miguel.angel@hotmail.com

Había una vez un reino que era muy ruidoso. El joven príncipe que había crecido en medio del ruido declaró que el día de su cumpleaños quería oír el ruido más grande del mundo. Publicó un edicto diciendo que el que ese día todos los ciudadanos de su reino se reunirían delante del balcón del palacio y durante un minuto gritarían con toda la fuerza de sus pulmones. En un rincón lejano del reino una mujer encontró el edicto ridículo y preocupante. Y dijo a su marido que mientras los otros gritarían, ella abriría simplemente la boca y haría como que gritaba. Se lo contó también a su mejor amiga y ésta a otra y a otra…

Cuando llegó la hora señalada, el reino por primera vez en su historia, se calló. Y el joven príncipe oyó por primera vez en su vida el canto de los pájaros, el murmullo del agua de los arroyos y el susurro del viento entre las hojas de los árboles. Y el príncipe lloró de alegría. ¿Nosotros también vivimos en el reino del ruido? En las calles, casas, carros y en los corazones. ¿Cuándo fue la última vez que experimentamos la alegría de un profundo silencio? Necesitamos lugar y tiempo para descansar en Jesús, orar, escuchar y aprender de El.
La Eucaristía podría ser ese tiempo, corto ciertamente, para escuchar al Maestro.

Nosotros, como los apóstoles, queremos contarle a Jesús todo lo que hemos hecho durante la semana. Y El nos invita a acompañarle. La Iglesia es el lugar donde somos invitados a descansar del trabajo y de las preocupaciones. Aquí recordamos todo lo que Dios ha hecho. Aquí descansamos en sus brazos. Ahí afuera, tenemos los ojos bien abiertos, los puños preparados, los pies en movimientos, vendemos y compramos, gritamos y reinamos… Aquí, en la paz, abrimos los corazones para recibir el donde más importante.

Durante 6 días, estamos divididos entre la avaricia y la necesidad, entre el ruido loco en nuestras cabezas y el silencio oracional del corazón. Señor, danos descanso, tiempo, paz y sabiduría. Nada de lo que nosotros podemos hacer nos hace más valioso de los que Dios ya nos ha hecho a cada uno.
Ha terminado el 2010 y ahora nos disponemos en el nombre de Dios a recibir el 2011.

Al comenzar año nuevo, uno de nuestros mejores propósitos puede ser asistir a la santa misa con más frecuencia; pues así como nos empeñamos en nutrir nuestro cuerpo, así también es muy necesario alimentar nuestra alma participando en la eucaristía con nuestra oración, nuestro canto y sobre todo recibiendo la Santa comunión, porque Jesucristo nos ha dicho:
“El que come mi carne y bebe mi sangre tendrá vida eterna”.

Anuncios