>Por el Padre Miguel Ángel
padre.miguel.angel@hotmail.com

El 31 de diciembre se reunían los sapos y las ranas del pantano para su competencia anual. El objetivo era llegar a lo alto de una montaña antes de las doce de la noche. Al atardecer, comenzó la contienda con los brincos de los competidores, que no dejaban de sonreír, con la esperanza de obtener el premio de la carrera. La multitud de curiosos no creía que pudieran alcanzar la cumbre y miraban con desconfianza el desfile de sapos y ranas. Entonces, comenzaron a decir en voz alta: -Esos sapos no lo van a conseguir. Es imposible.

Qué pena, la montaña es muy alta, no van a poder. Los sapos más viejos desistían, desanimados por los comentarios de los demás: Es verdad, no podemos, no vale la pena seguir adelante, aseguró convencido el primero. La montaña es demasiado alta, dijo otro, mientras que uno más aseguró: Además ya no hay tiempo. Ante los permanentes y crecientes comentarios negativos de las circunstantes, otros sapos también fueron claudicando; convencidos de lo que se trataba de una misión imposible.

Sólo un pequeño batracio no dejaba de saltar, con una sonrisa de oreja a oreja. Entonces, todas las palabras y comentarios de desánimo se centraron en el sapito. A veces en coro, a veces diferentes animales, le decía con la mejor de las voluntades: -Ni te esfuerces, no vale la pena; eres demasiado pequeño; si otros no han podido, tú menos. ¿Para qué te cansas? Es inútil, no vas a llegar. Ya no hay tiempo. Pero el sapito seguía saltando, sin que le influyeran los presagios negativos, mientras las campanas comenzaban a indicar que estaba terminando el tiempo. Pero, antes de la última campanada de las doce de la noche, el sapito cruzó la meta, ante el aplauso y la admiración de todos los animales del pantano.

Las camas y los reflectores lo rodearon. Los periodistas le preguntaron cuál había sido su secreto para alcanzar la meta y vencer las predicciones y opiniones negativas. El sapito no contestaba. Le insistieron para que ervelara su secreto. El sapito sacó un papel donde estaba escrito: “Soy sordo”. Hay que ser sordo al negativismo y pesimismo, así como a quienes desconfían de ti, asegurándote que no puedes realizar tus sueños. Si atiendes y das crédito a quienes te hacen temblar con noticias alarmantes y negativas, vas a vivir en el temor y la zozobra.

Somos receptores tanto de buenas como de malas noticias, pero nosotros tenemos la capacidad de abrirnos a las primeras y cerrarnos a las segundas. Por eso, el Salmista nos invita a no recibir las malas noticias. Sin embargo, las voces más peligrosas, no vienen de afuera, sino de dentro de nosotros mismo. Por eso, sé sordo a tus gemidos lastimeros que te convierten en víctima y te conducen a la autocompasión. No te creas, cuando del fondo de tu corazón brota una voz que repite: “No puedo, no vale la pena, es imposible”.

En nuestro interior también generamos fantasmas que nos asustan, como aquella noche de tormenta en el Lago de Tiberíades, el miedo hizo que los discípulos confundieran a Jesús con un fantasma revestido de noche. No cures, Señor, mi sordera. Hazme sordo para las malas noticias. Que no escuche ni se alberguen en mi corazón los pensamientos negativos que crean actitudes pesimistas y destructivas. Hazme sordo cuando me dicen que no puedo, que es imposible y que no vale la pena.

Hazme sordo, Señor, para no escuchar a los profetas de desventuras, pero al mismo tiempo, transfórmame en alegre mensajero de buenas noticias que no apaga la mecha que humea, sino que creen en milagros y esperan contra toda la esperanza.

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