>Por Flavia Bustamante

Me pregunto cómo le hacen el Niño Dios o Santa Claus de un tiempo a esta parte para poder cumplir los pedidos de los niños por mucho que se hayan portado bien durante el año.

Cuando era niña, para empezar Santa Claus o Papá Noel, como lo conocía no era más que una figura navideña que se ponía en el arbolito y no supe cuándo fue que en lugar del Niñito Dios había que escribirle a él para que nos trajeran regalos.

Y le pedíamos a veces “lo que puedas”, porque lo tuteábamos al Niñito, o pedíamos algún juguete barato; porque hasta eso, no había tantas marcas ni cosas tan sofisticadas. Si acaso una pista eléctrica de autos o una muñeca que hablara. ¿Barbies? Ni supe qué era eso hasta que mi hermana tres años menor que yo pidió una cuando tenía como diez años. Yo sólo conocía las “muñecas articuladas” flacas como las Barbie, pero el vestuario era muy simple, hasta el cabello que nomás era una línea de pelos falsos que partía del medio de su cabeza y desde ahí caía.

Pero no importaba, todo era muy bien recibido por mi hermana y por mí, generalmente nos traían lo mismo pero de diferente color. Y éramos felices con juguetes, hoy de diez pesos.

Pobres de mis papás cuando no nos traía nada el Niño Dios. Trato de imaginarme explicándole a mi hijo que el Niño Dios no tenía dinero o que se le perdió la dirección y cosas así.

La semana pasada en el sondeo que hizo el 7 días a los niños, la mayoría contestó que pidieron regalos que cuestan miles de pesos, ¿cómo harán esos papás?, ¿qué será más importante para ellos?, ¿cumplir el deseo de sus hijos? Y… ¿mañana qué les van a regalar?

Y me surgen más interrogantes como ¿qué no sabrán los niños el valor del dinero? O pensarán que los papás riegan una plantita del patio que da dinero por las noches mientras ellos duermen.

Antes todo era distinto, en Argentina el año escolar termina los últimos días de noviembre o los primeros de diciembre, y mis papás nos decían casi con tono amenazante: estudien para las pruebas porque si no el Niño Dios no les va a traer nada. Y les creíamos.

Y para el Día de Reyes, el 6 de enero, todo tenía una magia especial, distinta a la de la navidad.

Ya sea el 5 de enero o el mismo 6, por las calles del barrio salían unas camionetas o camiones con tres señores disfrazados de Reyes Magos y regalando juguetes a los niños en su paso. Traían música y si no los habías visto pasar, no faltaba el sonido de las corridas y gritos de los niños “¡ahí van los Reyes, ahí van los Reyes!” que anunciaban que si no salías ya mismo de tu casa y corrías hacia el camión te ibas a quedar sin tu regalo.

Lo otro era atrapar los juguetes que lanzaban, para eso estaban las madres, ahí todos amontonados tratando de alcanzar alguno. La mejor para eso era mi madrina, a ella sí que no se le escapaban los juguetes. Una vez alcanzó una pista de caballitos para mi primo Ariel y un jueguito de peluquería para mí. ¡Uy qué felicidad!
¡Qué lindo era esperar a los Reyes Magos! Había que preparar todo muy bien porque si a los Reyes no les gustaba lo que le dejábamos pasarían de largo sin dejar nada.

Temprano cortábamos pasto del patio y lo poníamos en una bolsa con el borde enroscado para que los camellos pudieran comer, luego teníamos que buscar un tarro para poner agua. Los camellos venían de muuuuy lejos y llegaban a la casa con hambre y sed.

Todo esto lo teníamos que dejar cerca de una puerta porque los camellos no podían entrar a la casa por el tamaño que tenían, y junto al agua y el pastito había que dejar la cartita para ellos: “Queridos Reyes Magos: este año me porté muy bien y quisiera que me trajeran de regalo tal o cual cosa” y le pintábamos corazones a las cartas. Y junto a la carta no podían faltar los zapatos donde nos dejarían el regalito.

A la mañana temprano nos despertábamos y corríamos a ver los regalos, no venían envueltos en ningún papel. Y veíamos que casi no había agua porque los camellos se la tomaron y del pasto casi no quedaba porque los camellos tenían hambre. Y mis papás, unos santos, se tomaban la molestia de desparramar por todos lados el pastito para que pareciera que los camellos hubieran comido a las apuradas. ¡Y jurábamos haberlos visto u oído en la noche!

¡Qué ternura todo aquello!

Luego salíamos a la vereda a jugar y a presumir nuestros juguetes, las nenas recibían un cochecito para pasear a sus muñecas, o juegos de té para jugar a la casita e invitar a la vecina. Los varones recibían un autito o una pelota de fútbol.

Todo era distinto, los padres no se endeudaban por hacer un regalo, se regalaba lo que se podía de acuerdo al bolsillo de cada uno. Y nos divertíamos igual. A veces incluso nos regalaban una sola cosa para mi hermana y para mí ¡La bicicleta! Qué linda era, fue la única vez que nos regalaron una, y era para las dos. En otra oportunidad fue una pileta de lona de 2×1.6×0.6 metros, y como éramos chiquitas no sólo cabíamos mi hermana y yo. Venían mis cinco primos más dos o tres vecinas. Todos ahí, jugando al tiburón y bucear. Mi mamá gritando: “¡lávense los pies en el balde antes de entrar porque meten pasto al agua!

“¡No se les ocurra tocar la heladera (refrigerador) con los pies mojados que van a quedar pegadas!” “¿No piensan salir del agua? Ya es tarde” – gritaba mi mamá. Y terminábamos así el día, coloradas por haber estado en el agua toda esa siesta, desesperadas del hambre, cansadas, agotadas, con el cabello oliendo al cloro del agua. Mi mamá nos preparaba un licuado de bananas o pan y queso con un jugo de naranjas. A bañarse y a la cama.

Simples, simplísimos los días de verano cuando era niña. ¡qué Ipod ni qué Xbox!

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