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Había una vez un municipio, en cuyo ayuntamiento laboraba un empresario restaurantero metido a funcionario público. Nadie sabía qué méritos hizo el dichoso empresario para que le dieran un puesto y tampoco nadie sabía cómo hacía para atender tantos asuntos como privados y públicos a la vez.

Quizá tenía un padrino muy poderoso, el mismo padrino, que sin haber sido elegido popularmente, sí pudo meter a trabajar a medio mundo con sus “recomendaciones”, entre ellos al empresario de marras, quien en agradecimiento lo invitaba todos los lunes por la tarde a su casa a tomar un café para platicar y, ¿por qué no? armar una probable candidatura para las siguientes elecciones municipales.

Por otra parte, ese mismo padrino había sugerido que el ayuntamiento contratara a un señor que se había quedado sin chamba por causar muchos problemas en su trabajo -hasta con su patrón se peleaba- y como había ayudado incondicionalmente en la campaña, pos había que devolverle el favor y rescatarlo de la ignonimia.

Así que pa’ pronto fue contratado aquel hombre sin chamba pero de gran corazón. Y este señor de gran corazón pero con poca suerte, para devolverle el favor al padrino y a la administración y de paso formar un equipo con gente de casa y de confianza, sugirió que contrataran a su primo, quien sí tenía chamba, pues editaba y publicaba una revista mensual.

Y ahora sí, cada quien a su jale.

Pero un día unos vendedores de periódicos venidos de otra ciudad, llegaron al pueblo a vocear una noticia que incomodó mucho al restaurantero funcionario público. Tanto le incomodó, que usando su cargo y el aparato municipal, llamó en cortito a los voceadores, diciéndoles de manera regañona que el municipio no les autorizaba a vender en la vía pública.

Restaurantero y periodiqueros comenzaron a alegar, el lío se salió de las manos y llegó hasta los máximos jefes del ayuntamiento, mientras que la casa editorial del periódico que vendían los voceadores también puso el grito en el cielo.

El funcionario público medio arregló el asunto diciéndole a los voceadores que le echaran la mano con esa nota que andaban vendiendo, por lo que se ofreció a comprarles todos los ejemplares que traían.

Sin embargo los editores del periódico quedaron molestos con la forma en que trataron a sus vendedores y desde entonces y hasta la fecha publican notas con la única intención de molestar al ayuntamiento.

El restaurantero fue amonestado y apercibido para que no volviera a usar su cargo público ni inmiscuir al ayuntamiento para arreglar asuntos personales. Después de esto todo volvió a la normalidad, menos los cafés de los lunes por la tarde con el padrino, que ya no volvieron a reunirse.

Por otra parte, el editor de la revista nunca dejó de publicar ésta, además tenía un colaborador que seguido escribía artículos que incomodaban y ponían en evidencia al ayuntamiento, lo que comenzó a molestar a los jefes.

Tal fue el enojo que le pidieron al funcionario y editor de la revista que dejara de publicar esos escritos, pues no podía estar pateando el pesebre, sin embargo nunca hizo caso.

Como los artículos bochornosos y molestos no paraban, llegó el punto en que los jefes le pidieron al funcionario que presentara su renuncia, lo cual irremediablemente tuvo que hacer. El primo no movió ni un dedo para abogar por él.

La vara con la que se midió al restaurantero fue distinta a la que se usó con el editor.

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