>Por el padre Miguel Ángel
padre.miguel.angel@hotmail.com

Había un matrimonio con un hijo de doce años, que tenía un burro. Decidieron viajar para conocer mundo, tanto los lugares como las culturas y las personas. Así, un domingo muy temprano, salieron de Guadalajara.
Al pasar por el primer pueblo, los circunstantes comentaban moviendo la cabeza:

-Mira ese chico mal educado; él arriba del burro y los pobres padres, ya grandes, caminando y caminando.
Para evitar los reproches negativos en contra de su hijo, lo bajaron del asno y se subió el esposo. Al llegar al segundo poblado, la gente murmuraba.

-Ah que tipo tan sinvergüenza; deja que la criatura y la pobre mujer tiren del burro, mientras él va muy cómodo encima del asno.

Tomaron la decisión de que ella subiera al burro, mientras padre e hijo tiraban jalaban la soga. Al pasar por la tercera aldea, la gente decía con sarcasmo:

-Pobre hombre, después de trabajar todo el día, debe llevar a la mujer sobre el burro. Pobre hijo; ¿qué le espera con esa madre sin alma?

Se pusieron de acuerdo y decidieron subir los tres al burro para continuar su peregrinaje. Al llegar al pueblo siguiente, escucharon que los pobladores reclamaban:

-Son unas bestias, más bestias que el burro que los lleva, ¡van a partirle la columna!

Resolvieron bajarse los tres y caminar junto al animal. Pero al pasar por el pueblo siguiente no podían creer el unánime comentario:

-Mira a esos tres idiotas. Caminan, cuando tienen un burro que podría llevarlos…

Entonces la mujer preguntó con ironía:

-¿Ustedes creen que si ahora nosotros cargamos al burros, nos dejaran de criticar?

Siempre que hagamos algo, sea bueno o sea malo, vamos a ser criticados por los demás, especialmente por quienes sufren complejo de inferioridad o tienen baja autoestima.

Por eso, tratándose de salvaguardar la esencia del Evangelio, San Pablo no cedía delante de los súper apóstoles y llegó a declarar que si procurara agradar a los hombres ya no sería de Cristo Jesús.

Pero así como no hay que ceder ante las críticas de los envidiosos, tampoco conviene dejarse seducir por las adulaciones de los mentirosos, que nos halagan con alabanzas, desde el pináculo del templo.

El punto de equilibrio radica en actuar de acuerdo a la conciencia formada por los criterios y valores del Evangelio, según el atrevido reto del Apóstol: Que cada uno se atenga a su propia conciencia. Sí, que cada uno se atenga a su propia conciencia.

Quienes se afanan en complacer a los demás, nunca lo van a lograr. El camino comienza con agradarse a sí mismo, sabiendo que se está haciendo lo bueno y lo mejor que es posible. La estrategia radica en actuar conforme a la propia conciencia, teniendo en mente que la conciencia de otros podría ser diferente a la nuestra.

Si estamos en paz con nuestra conciencia, no tenemos quién nos acuse, ni menos, quién nos condene.
Señor Jesús, tú no hacías acepción de personas porque vivías la verdad que nos hace libres.

Que no dependa de lo que los demás piensen o hables de mí, ni menos de lo que yo suponga que ellos piensan para seguir adelante en el viaje de la vida.

Enséñame a aceptar que no soy monedita de oro para agradar a todos; y que asumir las críticas y calumnias me ayudará a no perder piso; que no dependa, Señor, de las críticas y murmuraciones, pero tampoco busque los halagos ni me crea de los aduladores.

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