>+ Valores que hay que
conocer y conservar

Por Oscar Maldonado Villalpando

Apenas se avista el final de noviembre renace un gusto en todo el pueblo. Vamos a referirnos a mediados del siglo pasado. Han cambiado las cosas. Ahora el tiempo es “pasarla”, alcanzar a librar la situación. Vivir esclavos de la rutina. Pero hubo un tiempo en San Diego de Alejandría, en que al llegar diciembre cambiaba el panorama de la vida. Algo muy interesante y novedoso estaba por suceder. La vida se sentía conmocionada física y espiritualmente.

Hoy todo parece igual a nuestro alrededor, ni el frío, es recibido con solemnidad como antes. La vida hoy marcha siempre igual. Antes este tiempo tenía tantas características. Lo referente al maíz guardado, procesado, sembrado, cultivado, cosechado y disfrutado en mil formas. Debería ser tiempos de cosecha, de piscar, de acarrear el montón de mazorcas a la casa y guardarlo, irlo desgranando en tareas familiares, a veces protestadas y guardarlo en un rincón, así a granel, como el tesoro de la familia. Sustancia de la vida, la mantención asegurada. Y, de vez en cuando, se podía vender algo para sacar apuros. Eran otros tiempos, quizá no mejores, ni peores que los de hoy, pero eran otros tiempos.

Todavía podrían disfrutarse las últimas gorditas de “maíz crudo”, que más allá aún les dicen “tacachotas”; maíz al natural, no tan remolido, pellejudito. Gorditas hechas al rescoldo del fogón. La mamá con sapiencia prodigiosa y cariñosa, las cocía en el comal y luego las ponía de canto para cocer los bordes al calor de la leña. Y tantas potencialidades para preparar manjares a partir del maíz, seguramente como nuestros ancestros, los primeros pobladores de esta tierra. Era el tiempo. El frío hacía sentir que era otro mundo, otra época, tan distinta. Se notaba el cambio de cada tiempo, de cada estación.

En lo religioso

No se sabía entonces tanto de esto que se dice, que el adviento, que las semanas de preparación. Seguramente sí existía pero eran cosas más allá de los alcances del pueblo común, cosas dela sabiduría de los clérigos. Lo que causaba preparación era el gusto por preparar la fiesta del 8 de diciembre a la Inmaculada Concepción. A la Virgen en su acepción o figura más normal, es la Virgen, sin tantos añadidos.

La Virgen, podemos decir, como Dios la quiso. Las mujeres, las asociaciones encabezaban la fiesta, la Hijas de María, las jovencitas muy guapas y las mayores, pues algunas corajudas y feas de plano, regañonas, pues como que daban mala imagen a una fiesta tan bonita, pero algún secreto habría, a lo mejor estaban ahí porque eran las “productivas” las que juntaban dinero y podían dar buenas ayudas al señor cura, que no es cosa de poca monta, al contrario, asunto de vital importancia.

Fiesta bonita, fiesta de cantos, fiesta de aspiraciones. Como poner la mirada en el cielo, en cosas puras, hermosas. Algo que invita a levantar de las cosas de todos los días y de las cosas malas, de las experiencias tristes, de las vilezas del mundo. Fiesta bonita. Misa de tres padres, muy revestidos de azul. Flores y flores tan blancas. Alcatraces, con su tallo muy verde y poroso y su enorme pistilo amarillo, como bañado de oro en polvo.

Pero antes que terminara este proceso de la Inmaculada, ya había empezado en el Santuario de la Virgen de Guadalupe, el novenario. Había que hacer faroles y por toda la calle, en ventanas y puertas, colgar los faroles, armazones de madera forradas de papel de china en verde, blanco y rojo, con su vela encendida. Aquellas lucecillas temblorosas deban un aspecto misterioso y muy bello a la calle, tan recta, tan larga. Muchas dificultadas se presentaban, si el viento, si la vela se ladeaba se hacía un pequeño incendio. Como podía la gente hacia un ambiente hermoso.

Luego alrededor del santuario se colocaban las cañas, parecía que como para este tiempo, llegara al pueblo su dotación de cañas, una enorme trinchera de tercios de caña. Seguro el dueño o encargado, que parecía un emisario de un mundo especial, el de las cañas de castilla, tan dulces y blanditas, tenía que dormir junto al montón el dueño porque, era cosa muy sabrosa y que se antojaba. Y pues, el dinero no era muy abundante. Así que ese parecía otro tesoro con que contaba el pueblo para toda esta temporada. Los montones de tazole, u hojas secas, de otra naturaleza que el rastrojo de los barbechos.

El santuario era un mundo aparte, el templo al fondo, pero a la entrada, los prados, los pozos de agua. Un algo así como boscoso. Como metido en el misterio, en lo especial. Pues cada día las procesiones, por las calles, con velas y cohetes. Y sobre todo, las niñas vestidas de inditas, con sus huacales con jitomates, chiles y cebollas colgadas, alguna jaula con pajaritos, los niños también con sus trajes especiales de mexicanitos, llevando algún animalito consentido o atractivo, un gallo, un pato, algo extraordinario. La misa y las cosas de Juan Diego, los colores de la Guadalupana, la historia de las apariciones, las frases más sobresalientes. “No estoy yo aquí que soy tu madre”

Y a la salida el ambiente de una kermesse, lotería para ayudas del templo. El gusto de llevarse como premio algún vaso floreado de las veladoras. Los “calientes” por eso del frío, bueno, cosa reservada a los mayores. Los cohetes y castillo para la solemnidad.

Esta fiesta Guadalupana, en San Diego se sentía como un ensayo para la fiesta mayor, que pasado el torbellino de las posadas, se preparaba en los primeros de enero y que esa sí, era cosa más grande, más llena de bullicio y de solemnidad. La fiesta patronal de 8 de enero. Eran otros tiempos, como se dice.

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