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Pensaba platicarle esta semana de una demanda que pusieron en mi contra, en la que mi demandante no dice exactamente cómo fue que lo ofendí ni en qué consiste el daño que le causé, pero sí lanza contra mí cientos de adjetivos calificativos injuriosos y me dice hasta de lo que me voy a morir. Se le olvidó a su abogado que existen también las contrademandas y que tendría que probar, en su caso, todo lo que ahí dice que soy. Bueno, dice que ando huyendo por Europa…

Pero hablemos mejor de algo que pudiera ser de alguna utilidad. Se trata de una historia que está ocurriendo lejos de Tepa y de Los Altos de Jalisco, pero que pudiera empezar a ocurrir aquí, si es que no está sucediendo ya.

Le cuento que con motivo del 50 Aniversario del Diario del Sur (que dirijo desde hace 7 años por segunda ocasión) que se cumplió en octubre, pasé varios días en la ciudad de Acayucan al sur de Veracruz (normalmente radico en la capital Xalapa donde dirijo también el Diario Política), llevando a cabo los preparativos para la celebración, y observé ahí un fenómeno social que me pareció interesante, que le está causando daño a la población y que pudiera estarse dando también en otras ciudades veracruzanas y, repito, en cualquier chico rato en Tepatitlán y en Los Altos.

Hay en aquella ciudad veracruzana millones de Zetas que pululan por las calles y que se la pasan secuestrando y matando gente, aunque sólo sea en la imaginación popular. En realidad no hay ni miles, ni siquiera llegan a cientos, habrá una docena o dos tal vez y se me hacen muchos, pero no andan secuestrando ni matando a nadie que no tenga nada que ver con la mafia. Pero la gente cree que sí y hay en estos momentos una psicosis colectiva, que ni el popularísimo grupo de Los Tigres del Norte les pudo hacer olvidar, no se llenó el lugar donde se presentaron y hasta se puede decir que ese baile fue un fracaso.

Ni siquiera se atreve la gente a pronunciar en voz alta la palabra Zeta, la dicen en secreto y mirando en todas direcciones para cerciorase de que no hay algún extraño escuchando; los medios de comunicación locales se autocensuran y no publican nada que tenga que ver con los Zetas, ni aunque los asesinos de los ex diputados Gregorio Barradas y Omar Manzur (levantados en Rodríguez Clara y asesinados en Tuxtepec, Oaxaca) hayan dejado un mensaje diciendo que los mataron por apoyar a dicha organización criminal, los periódicos no lo dijeron.

Tras de ese crimen ocurrido el lunes de la semana pasada, la nota más importante que había del martes para el miércoles era la declaración del procurador de justicia en el sentido de que el crimen organizado estaba detrás de ese multihomicidio (fueron tres los muertos), concretamente alguna organización rival de los Zetas.

Por eso di yo instrucciones para que fuera esa la nota principal en El Diario del Sur, pero me retiré de la Redacción cerca de la media noche y al día siguiente vi con sorpresa que la habían bajado, que la habían minimizado, pregunté por qué y me dijeron que los Zetas tienen amenazado a todo mundo, que no se les debe ni mencionar…

¿A quién han amenazado? pregunté. “A todos -fue la respuesta-, a fulano de tal ya le rompieron el hocico por eso, porque no entendió”.

A ver a ver a ver… Platíquenme cómo estuvo eso de que le rompieron el hocico, ¿lo levantaron? “No, lo mandaron a traer”. ¿Cómo, con quién, quién se lo llevó? “Mandaron un taxi por él”. Ah chingá chingá… ¿llegó un taxista por él y le dijo te hablan, que te lleve yo, nomás así?, ¿y el otro tan pendejo fue? “No, primero secuestraron a zutano (un reportero) y le hablaron por teléfono al subdirector del periódico (al que le rompieron el hocico), y le dijeron que si no iba a donde lo llevaría un taxi lo matarían (al reportero)”
¡Ah…! comprendí entonces que no era verídica esa historia. Yo conozco personalmente a los dos involucrados, al reportero y al subdirector, el primero es un ex malandro que ya estuvo en la cárcel dos veces y que con frecuencia tiene problemas con la mafia, y el segundo es un malandrín del periodismo que se dedica a extorsionar y a chantajear a quien se deje, y al cual seguramente sí le rompieron el hocico pero sólo Dios sabe quién sería y no precisamente los Zetas, sino una de tantas personas a quien se las debe. Lo de que lo mandaron a traer es un cuento, conociéndolo como lo conozco desde hace años, sé que si lo hubieran amenazado con matar al reportero le hubiera importado un comino la suerte de éste, no hubiera ido a ningún lado para salvarlo.

Pero los compañeros periodistas de allá lo creen a ciegas. Les dicen que “levantaron” a cuatro en la vecina población de Oluta, pero que no publiquen nada porque les va a ir muy mal, y se la creen. ¿Y por qué los levantaron? pregunté. “Pues… por andar vendiendo balas a uno y por andar vendiendo discos piratas a otro”. ¿Y a los otros dos? “Pues quien sabe… pero dicen que fueron cuatro”. ¿Y quiénes son los dos de los que sí sabes? “No pues… no sé, nomás me dijeron”

Ah… Ya hasta le quieren quitar la letra Z a los teclados de las computadoras… que porque no se debe ni mencionar.

¿Por qué tanto miedo? Ese mismo día, miércoles, conocí la explicación.

A las 11 de la mañana estábamos en la Redacción del Diario del Sur sólo una compañera reportera y yo, cuando sonó el teléfono de la oficina. Contestó mi compañera y enseguida empezó a temblar… y luego a llorar… y luego a tartamudear y a temblar y a llorar. “Tienen secuestrada a mi hija” me dijo lo más en secreto que pudo para que no escuchara la persona con la que hablaba por teléfono. ¡No es cierto, no te creas! le contesté igual, casi en secreto. Pero ella seguía temblando y llorando y como pudo le decía a quien la escuchaba al otro lado de la línea que por favor no le hicieran nada y que le permitieran hablar con su hija para saber que estaba bien…

Estaba histérica. No había manera de hacerla entender que no era cierto, le decía yo que colgara pero no me hacía caso. Y luego empezó a hablar supuestamente con su hija y a señas me decía que sí era ella, que ya estaba hablando con su hija y no paraba de llorar y de temblar y de tartamudear. Yo todavía traté de convencerla de que no era su hija, que no era cierto, pero mi compañera no entendía razones, ya les estaba ofreciendo (la pobre) primero mil pesos, luego 2 mil… ya preguntaba a dónde los mandaba o en qué cuenta los depositaba y suplicaba que no le hicieran daño a su hija.

¡Uf! logró contagiarme su miedo… Bueno, no su miedo sino el susto que estaba pasando. Ya estaba yo tratando de conseguir el número de teléfono de la escuela donde debería de estar su hija, para llamar y preguntar si estaba ésta en clases, pero tuve que colgar y salir corriendo para detener a mi compañera que ya se dirigía al banco a sacar algún dinero…

Afortunadamente en esos momentos llegó otro compañero reportero del Diario en su moto, y al contarle yo rápidamente lo que estaba pasando le arrebató el teléfono celular a mi compañera (porque le exigieron que colgara el teléfono del Diario y que les diera su número de celular para llamarle y lo hizo) y les puso una maltratada y los mandó mucho a la ch…

Llévala rápido en tu moto -le pedí a mi compañero- a la escuela donde debe estar su hija, para que la vea y se tranquilice. Así lo hizo y 20 minutos después regresaron a las oficinas del Diario con un sonrisota Ella de que efectivamente ahí estaba la muchacha en clases.

Después de eso todo se volvió bromas para acabar de tranquilizarla. “Ya ni la friegas -le dije-, hasta se han de haber ofendido porque les ofreciste primero mil pesos y cuando viste que la cosa iba en serio subiste la oferta a dos mil… yo creo que si no te iban a hacer nada ahora sí te van a romper la madre por andarlos ofendiendo…

Esa es la explicación del temor que hay en Acayucan, las amenazas y la extorsión telefónica, que mucha gente se las cree y cae, y paga, lo que sea pero paga; y platica, les cuenta a todos o a muchos de sus familiares, amistades y vecinos, y cuando le llaman a otro de éstos ya está predispuesto y listo para caer en las redes. Se apanican y pagan, mi compañera hasta creyó escuchar la voz de su hija porque era presa del pánico, le pusieron al teléfono a cualquier vieja cómplice del extorsionador y ella escuchó a su hija, no hubo manera de convencerla de que no era ella.

Eso es lo que pasa en Acayucan, están llenos de pánico y todo se lo atribuyen a los Zetas, aunque no se trate más que de vividores, extorsionadores que usan el nombre de dichos mafiosos para asustar a sus víctimas. Bueno, se corrió el rumor de que habría balazos en el baile de Los Tigres del Norte y no asistió ni la mitad de la gente que cabía en el lugar, que no era demasiado grande, cuando en otras partes ese grupo llena cualquier estadio o escenario en que lo pongan.

Yo anduve a altas horas de la noche caminando por las calles de Acayucan, a las dos o tres de la mañana y no vi nada raro, no sentí ningún peligro. Me metí a los tugurios de regular categoría y a los de mala muerte y peores, y tampoco, nada raro, excepto la ausencia de parroquianos y las únicas dos o tres mujeres, jóvenes, languideciendo porque no había motivo ni para bailar en el tubo, para qué si no había clientes. Pero fuera de eso nada, ningún peligro, no vi gente armada, ni en camionetas, en grupos, nada…

¿Y dónde están los Zetas? me preguntaba yo. Y llegué a la conclusión de que la gente está apanicada por las amenazas y la extorsión telefónica, nada más, porque se corre la voz. Pero no son los Zetas, son delincuentes comunes, vividores que están hasta presos y desde la cárcel asustan y extorsionan por teléfono. Pero la gente les cree…

Los Zetas de Heriberto Lazcano están muy ocupados en Tamaulipas disputándole el control de la Frontera Chica a la gente de Eduardo Costilla, y más ahora que al jefe del Cártel del Golfo Ezequiel Cárdenas Guillén se lo peinaron de raya en medio… Y en Tabasco donde se sabe que operan también; y no lo dudo que estén también en el estado de Veracruz, ni dudo que en Acayucan exista alguna célula de dicho cártel, pero en todo caso están dedicados a lo suyo, al tráfico de drogas y de indocumentados, a reclutar gente entre estos para suplir a los que les mata o encierra el gobierno, al negocio de la piratería y, tal vez, incluso, a secuestrar a alguien que tenga dinero para financiarse cuando les falta liquidez por los decomisos de droga.

Pero me imagino que no se la pasan llamándole por teléfono y amenazando a cualquiera al que le puedan sacar mil o dos mil pesos al mes. No lo creo. Yo volveré a ir a Acayucan y estaré otra vez hasta las dos o tres de la mañana en las oficinas del Diario del Sur, y volveré a caminar a esas horas por las calles de Bravo y de Victoria, porque no siento ningún peligro.

Y conste, debo aclarar que a los Zetas sí les tengo miedo, pero no a esos pendejos que tratan de asustarme por teléfono, a esos van dos veces que los mando mucho a mingar a su chadre y no pasa nada.

Y usted, lector, debería de hacer lo mismo, cuando le llamen para amenazarlo y extorsionarlo mándelos mucho al carajo, no pasa nada. Y si ya lo hicieron caer, si ya lo agarraron y les está usted pagando alguna cantidad cada mes, déjeles de pagar y cambie su número de teléfono. Y no vuelva a contestar ninguna llamada de ningún número que no conozca.

Le decía al principio que este fenómeno social de la psicosis colectiva por la presencia de supuestos Zetas, podría estar pasando en otras ciudades veracruzanas, y bueno, por qué no en algunas de Jalisco y de la región como Lagos de Moreno, Yahualica y Tepatitlán donde ya se andan matando entre los mafiosos.

Pero si lo amenazan a usted por teléfono puede estar seguro de que no son ellos, sacúdase usted ese temor, no haga caso a las amenazas telefónicas, cuélgueles de inmediato y si es necesario cambie su número de celular, no pasa nada… ¡Cuáles Zetas!, esos que asustan y amenazan por teléfono son unos pinches malandros de quinta categoría, cobardes además, que desde el anonimato se aprovechan de la fragilidad de mucha gente para fregarla. Mándelos mucho a… ya sabe a dónde.

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