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Los hechos silencian a las palabras

Ahora que termina noviembre, y que los funcionarios están más que puestos para echarnos unos rollos enormes sobre lo que han hecho (según ellos), bueno sería que tomaran en cuenta algunos tips para no tirar tanto dinero a la basura. Por ley, los alcaldes deben rendir informes.

En aquellos tiempos hegemónicos del priísmo, la figura presidencial (desde el macizo nacional hasta el más humilde poblado) era vanagloriada en el Día del Informe. Esas prácticas deben ir sucumbiendo a diario. En una era democrática nadie debe tener espacio para dedicarse autoelogios y aplausos entre sí. Por lo menos no deberían desperdigar más los dineros del pueblo en hacer juntas, cenas, comidas, impresiones, cuadernos y todas esas cosas que, al final del día (del trienio) sólo pasan a los archivos históricos y, en los hogares, a las bolsas del reciclaje –en el mejor de los casos-.

Si los actuales presidentes municipales quieren demostrar que son diferentes a sus antecesores, deberán acabar con la parafernalia de que ellos son los meros meros. Bastaría con un mensaje corto, protocolorario y que luego pongan a disposición de quien lo pida (quien esté interesado) una copia escrita o digital de sus logros. ¿Alguien recuerda, en Tepa, qué dijo Don Miguel Franco en el segundo informe de su administración?, ¿Alguien recuerda cómo fue el primer informe de Rigo de la Torre en Acatic?, ¿Alguno puede platicar de lo narrado por Lupe Tejeda en Arandas? El ciudadano de a pie quiere ver obras, servicios, eficiencia y eficacia.

Los informes son constitucionales, pero ya agotaron su formato hace algunos años. Antes, con los acarreados, se llenaban las plazas, ahora ni las tortas ni los vasos con café son suficientes para hacer permanecer a la gente en torno al (la) alcalde(sa) para escucharle por horas y horas platicarnos esos bellos cuentos de que se han hecho grandes hazañas.

Si los actuales alcaldes, insistimos, quieren hacer historia, debieran acabar ya con la fiesta personalista que se organizan o les organizan sus empleados para hacerlos lucir ante ellos mismos en los “Informes de Gobierno”, a fin de cuentas que a los regidores, los que integran su gobierno, tampoco les interesa el tema, pues los de mayoría “ya sabían lo que iban a decir” y a los de oposición “no les convencen las palabras y los pocos resultados”, al margen de qué partido gobierne.

Que esos miles de pesos que se invierten en la ceremonia-parafernalia del Informe, mejor se destine a pavimentar, alumbrar, transportar, empredrar, suministrar agua o cualquier otro servicio u obra que demanda la población. Esas acciones sí que se guardan en la memoria del colectivo gobernado y no las horas sentados frente a un templete, con el monólogo de un gobernante y los aplausos zalameros de los empleados de confianza.

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