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Por Rubén Arias Barajas
Vaya para Ustedes el saludo semanal de costumbre.
El encabezado de la presente nota, hace alusión a la necesidad que tendremos de aquí en delante de adaptarnos a vivir como en los viejos tiempos en cuanto a cuidar de nuestra salud se refiere.
Como ya lo sabrán seguramente, la prohibición de las autoridades para que se vendan libremente los antibióticos, tiene, como todas las cosas, su lado bueno y el malo.
El malo diré primero. Para muchas enfermedades o infecciones, era común que el padre, la madre, el vecino o un amigo, nos dieran el consejo de comprar algún antibiótico para combatir aquel problema de salud que nos aquejaba y sobraban los nombres de productos en el conocimiento de las personas y en muchos de los casos al parecer funcionaba. Se ahorraba uno la consulta con el médico y salía del apuro.
Aparte de eso, pues no había necesidad de acudir a alguna farmacia que aunque cercana, implicaba seguramente para muchas personas caminar algunas cuadras y surtir ese medicamento con sólo mencionarlo al dependiente quien solícito surtía nuestro pedido sin mayores trámites o preguntas. Inclusive, se le preguntaba en algunas ocasiones, cuál era la dosis correcta para tal medicamento.
Hasta donde he escuchado últimamente por comentarios de profesionales de la medicina, la mayor parte de las veces la curación no provenía directamente del medicamento, sino de otras circunstancias porque actuaba también como placebo, pero lo importante es que a algunas personas sí les resultaba. 
Pero se cometían errores garrafales, pues por ejemplo la gripa es causada por virus y los antibióticos son, según me dijeron, para combatir a las bacterias, así que en esos casos el tomar antibióticos era contraindicado, sin embargo, por desconocimiento pues se hacía eso y además, por qué no reconocerlo, resultaba más barato y las carencias económicas en un amplio sector de nuestra sociedad siempre han estado presentes. Nuestro país ha sido víctima cíclica de las crisis económicas.
El lado bueno, se nos dice, es que ahora se está combatiendo con esta prohibición, la mutación de que eran objeto algunas bacterias o virus o bichos, que estaban generando una resistencia a los antibióticos y entonces surgían nuevas bacterias resistentes al medicamento y cesaba su efectividad, todo ello por andarnos auto recetarnos.
Por ello, esta circunstancia se propiciaba en un mundo donde todo mundo tiene la razón. Los enfermos carentes de recursos económicos, obviamente recurren a lo más barato y a correr riesgos.
Por su parte, la ciencia médica descubre que está surgiendo de esa actitud un riesgo que puede ser mayor y que está acabando con la utilidad de los antibióticos en muchos casos y cortaron de tajo apoyados por las autoridades quienes supongo deben haber escuchado argumentos de mucho peso para haber tomado la decisión de prohibir su venta al público sin la correspondiente receta del facultativo.
¿Qué le resta ahora a la gente de escasos recursos? Pues volver a la herbolaria, a la homeopatía, a los remedios caseros, a la medicina alternativa pues, que es la única que sigue quedando medio al alcance de las clases populares.
Habrá que seguir recurriendo a las personas de amplia experiencia y mucha edad por supuesto, para que vuelvan a ponerse de moda que las cataplasmas de esto o aquello, los “chiqueadores”, los masajes, la acupuntura, la reflexología, el uso de imanes para mover las energías del cuerpo y cosas así.
Pero hay algo que es parte de nuestra idiosincrasia. Nos olvidamos del mejor procedimiento, del más efectivo de todos. Si lo pusiéramos en práctica, sufriríamos menos los embates de las enfermedades y me refiero a la prevención.
Y es que es cosa solamente de sentido común, aunque dicen que es el menos común de los sentidos. Por ejemplo, si yo sé que en este momento el cambio climático normal de la estación es del calor al frío, en esta etapa de transición, mientras se acomoda mi reloj biológico a esos cambios, yo debo de tomar ciertas precauciones como por ejemplo salir bien abrigado por la mañana, traer una bufanda o un pañuelo puesto en la boca y nariz para que el aire no entre tan frío a mi sistema respiratorio.
Si estoy en un lugar confortable y calientito, no debo salir de repente a la calle a enfrentar un viento frío que me causará un cambio drástico y repentino en mi organismo. En fin, hay muchas cosas de este tipo que en diferentes circunstancias debemos tomar en cuenta si queremos no correr el riesgo de enfermarnos.
Sabido de todos es que el aumento de peso, de volumen de grasa en el cuerpo, la falta de ejercicio, la indisciplina alimenticia, el consumo de refrescos y comida chatarra, el no dormir bien, el no comer un poquito de todo durante la semana, nos puede llevar a un alto riesgo de padecer de diabetes, infartos, cáncer y otras cosas temibles. Sin embargo ¿qué hemos hecho al respecto? Una sola cosa, irnos por ese camino para tener el penoso primer lugar ahora en obesidad infantil y el segundo en adultos, a nivel mundial, cuando estamos hablando de un planeta que tiene más de 6 mil millones de habitantes y nuestro país sólo tiene l08 millones de este total.
Y en muchos renglones, vamos a contra corriente, no sólo en aspectos de la salud. La educación es otro problema que tiene que ver con el primero y que nos lleva a un tercero que es la inseguridad que estamos padeciendo, así que un pueblo con un bajo nivel de educación, forzosamente eleva sus niveles en otras áreas pero para mal, nunca para bien.
Estemos atentos pues, despertemos de esa apatía y modorra que nos envuelve. Volvamos a abrir ojos y oídos. Seamos inteligentes al actuar y al tomar decisiones. La cultura de la prevención, es algo que debe formar parte de nuestro diario actuar, si no lo hacemos así, seguiremos pagando las consecuencias.
Nos leeremos en la próxima entrega.


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