>Por el padre Miguel Ángel
padre.miguel.angel@hotmail.com

El rey de Persia, después de muchas batallas y sentarse en su trono, ofreció un gran premio al artista que pudiera plasmar en un lienzo “la paz perfecta”.

Muchos lo intentaron y el rey examinó personalmente cada una de las obras, pero solamente subo dos pinturas que le parecieron dignas de ser consideradas:

– La primera, era un lago tan tranquilo como un espejo transparente, en donde se reflejaban las montañas coronadas de nieve. Sobre ellas, se encontraba un cielo azul con nubes blancas y un sol resplandeciente. Todos cuantos miraban la pintura, experimentaban un plácido remanso.

– La segunda pintura tenía montañas escabrosas e impactantes. Sobre ellas rugía un cielo furioso, del cual brotaban impetuosos rayos y truenos. Montaña abajo, un espumoso torrente de agua se estrellaba contras las rocas. Pero cuando el rey observó cuidadosamente, vio tras la cascada, un arbusto en una grieta de la roca, en el cual se encontraba un nido. Allí, en medio de la violenta tormenta, un pájaro daba de comer a sus polluelos.

El rey, escogió dicha pintura y explicó sus razones:

-Paz, no significa un estado donde no existan problemas ni contratiempos, sino que a pesar de vivir rodeado de las adversidades, permanezcamos seguros que nuestra vida depende del amor y poder de Dios.

-“Nuestra vida depende del amor y poder de Dios”, repitieron todos sus cortesanos.

Nada ni nadie los puede separar de mi amor manifestado en Cristo Jesús, el cuál murió por ustedes cuando todavía eran pecadores. Esta es la fuente de la paz: Ustedes valen más que los pájaros que venden en el mercado y ni el pecado perdonado los apartará de mi amor, porque donde abunda el pecado, sobreabunda mi amor misericordioso.

Qué cierto es, Señor Jesús, que viniste a traer la división y a quitarme la paz.

Me has separado de todas aquellas actitudes antievangélicas donde yo vivía en sombras de muerte y me has dividido también de mis antiguas formas de pensar y de actuar, que me llevaban al sepulcro.

Me has quitado la paz cuando veo la injusticia y el desorden del mundo, cuando palpo la muerte de los inocentes y el triunfo de los malvados sobre los empobrecidos. La he perdido también con el desfile de abortos y la guerra.

No duermo cuando pienso en la tala del pulmón del mundo de la selva amazónica, y sufro pesadillas con la extinción de miles de especies del reino animal. También pierdo la paz cuando percibo que el desarrollo industrial de los poderosos está sobrecalentando el planeta.

Pero al mismo tiempo, cuando contemplo tu cruz o mejor, a ti crucificado, que eres locura y necedad para el mundo, pero que de esa forma absorbes y asumes la maldad del mundo para transformarla, me regresa la paz porque esa muerte voluntaria y amorosa se convierte en fuerza de Dios y sabiduría de Dios.

Es muy importante que no olvidemos lo que nos dicen los obispos de todo el mundo cuando nos ayudan a comprender que la paz es un regalo de Dios, pero también es un compromiso de todos nosotros y por eso cada quien debemos cooperar con nuestro granito de arena.

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