>Por el padre Miguel Ángel
padre.miguel.angel@hotmail.com

Un día un agricultor, insatisfecho por las estaciones del año, y por los cambios climáticos inesperados, le pidió a Dios le permitiera gobernar la naturaleza para que (según él) le rindieran mejor sus cosechas. ¡Y Dios se lo concedió!

Entonces, cuando el campesino quería lluvia, así sucedía. Cuando pedía sol, éste brillaba con todo su esplendor; si necesitaba suave brisa, soplaba ligeramente el viento.

Pero cuando llegó el tiempo de la cosecha, su sorpresa y estupor fueron mayúsculas, porque resultó un total fracaso. Desconcertado, le preguntó a Dios por qué obtuvo tan pobre cosecha, si él había puesto los climas que creyó convenientes.

Dios le contestó:

-Tu pediste lo que quisiste, más no lo que de verdad convenía. Nunca pensaste en tormentas y éstas son muy necesarias para limpiar la siembra, ahuyentar plagas y fortalecer los tallos del trigo para que pueda sostener más granos cada espiga.

Por institinto de conservación rehuimos a toda adversidad, pero son precisamente las tormentas y vientos huracanados los que fortifican los robles y los pinos. Sin ellas, no se hundirían las raíces en la tierra, ni se fortalecerían para resistir todo tipo de embates.

Hay tormentas, causas por agentes externos a nosotros mismos, pero también se levantan tormentas en nuestro interior. Los afectos enfermizos, conflictos mentales, obsesiones o pensamientos negativos, adversidades económicas o laborales.

Estas no son ni buenas ni malas. Depende cómo las enfrentemos. Por eso, lo primero que hay que hacer es no tenerles miedo, sino sacar lo positivo que ellas conllevan, para beneficio de nuestro crecimiento humano y cristiano.

Señor. Jesús, a veces me es difícil entender la razón por la que aparecen tempestades en mi vida, sobre todo cuando llegan sin avisar y me desaniman, Señor, porque no me siento preparado para enfrentar estos embates de la vida.

Pero tu Palabra me enseña que hay un tiempo para todo y para cada cosa.

Acepto este desafío de confiar que existe un sistema ecológico balanceado y en armonía para poder vivir más intensamente esta vida.

Cada dolor, cada pregunta sin respuesta o conflicto interno, pasó por tu trono, pues hasta tienes contados los cabellos de mi cabeza.

Tus planes son mejores que los míos, aunque a veces tenga que pasar la noche para que llegue el nuevo día.

Te entrego mi terreno para que seas tú quien dirija y decidas las temperaturas, las tormentas y los días de luz, las brisas suaves y los vientos huracanados.

Tú eres el dueño de este campo y sabes lo que necesito para un día dar un fruto abundante y permanente.

Todas las cosas que has hecho, Señor, son buenas.

Confío incondicionalmente en ti.

No hay que perder de vista que Dios no se equivoca, lo que El nos da es lo que más nos conviene por eso hay que decir siempre “Hágase tu voluntad”.

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