>Por el padre Miguel Ángel
padre.miguel.angel@hotmail.com

Una maestra de matemáticas, preguntó a sus discípulos:

– ¿Por qué las personas gritan cuando están enojadas?

El grupo de quedó pensativo por algún momento.

El primero respondió:

– Yo grito cuando los demás me desesperan.

– Sí, contestó la maestra. Pero ¿por qué gritas, si la otra persona está tan cerca de ti? ¿Por qué no puedes hablar en voz baja?

Continuaron las respuestas, pero ninguna satisfacía a la maestra. Por fin, ella explicó:

– Cuando dos personas están enojadas, sus corazones se apartan y se zanjan una gran distancia entre las dos. Para cubrir este barranco, precisan gritos, pues no escuchan ni se sienten escuchadas.

La maestra, con lógica matemática, continuó:

Al contrario, cuando dos personas se enamoran, no levantan la voz. Se hablan suavemente, porque sus corazones están cerca uno del otro. La distancia ha sido superada. No necesitan gritar, porque uno está dentro del otro. Y luego, hasta se miran en silencio para leer el alma en los ojos de la persona amada.

Dios está dentro de nosotros. Por eso, cuando Jesús nos invita a orar, nos dice que entremos en la morada profunda de nuestro interior, donde vamos a encontrar la presencia divina. Mucha gente no es capaz de emprender este viaje, que es el más importante de la geografía de la vida; incursionar al interior de nosotros mismos, donde Dios ha hecho su morada.

Somos santuarios del Espíritu, donde El mora y actúa en, y a través de, nosotros (1 Co6,19). Por eso, no necesitamos gritar, basta una actitud de contemplación. El hablarle en voz baja, significará entonces que sabemos que El nos escucha porque habita en nuestro corazón.

Señor, soy consciente de que tú moras en lo más íntimo de mi ser y con corazón seremo quiero el día de hoy descubrir y experimentar que estás mucho más cerca de mí de lo que yo imagino. Que no solamente estás conmigo, a mi lado; no Señor sino que estás en mí.

Quiero, Señor, en silencio, con una voz suave, hablar contigo, porque sé que me escuchas, pues estás dentro de mí.

Has hecho tu morada en mí y soy tu templo tuyo. Por eso, ya no preciso gritar, sino apenas con sonidos inefables. Puedo entrar con comunión contigo, hasta el punto de guardar silencio y estar en contemplación permanente por tu presencia en mí, porque eres el alma de mi alma.

Amén.

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