>Por el padre Miguel Ángel
padre.miguel.angel@hotmail.com

Un huevo de águila se despeñó de la montaña y se fue deslizando suavemente por la nieve, hasta que llegó al pajar de un granjero que criaba gallinas.

Cuando el campesino vio aquel huevo, percibió que era diferente, miró sospechosamente al gallo, como pidiéndole alguna explicación; pero éste le dio la espalda y entonces el granjero lo colocó donde las gallinas estaban empollando sus crías.

Tres días después, salieron de su cascarón cinco pollitos amarillos, acompañados de otro, color ocre, que tenía la cabeza blanca y el pico curvado. La mamá gallina los cuidó a todos juntos y cuando gritaban “pío, pío” les daba de comer. También la misteriosa ave de alas grandes, en vez de cazar presas en la llanura, aprendió a pedir su alimentos con compasivo: “pío, pío”, pero con más gruesa.

Cuando había tormenta o soplaban los vientos, los pollitos se refugiaban bajo las alas de la mamá gallina, cosa que también aprendió hacer el otro pollito. Cuando estaban en el patio, la frustrada aguilita miraba al cielo con nostalgia, suspirando al ver volar los halcones y las águilas reales. Después de algunos meses, ya ni levantaba la vista para contemplar las nubes, sino que se agachaba la cabeza para buscar lombrices en el suelo, como los otros pollitos.

El aguilita camuflada de pollito, nunca se atrevió a abrir sus alas y jamás intentó volar, pues siempre pensó que era un simple pollito, igual a los demás.

Tres meses más tarde, vino el gerente de compras de Kentucky Fried Chicken y se llevó los seis pollos, los cuales fueron fritos, empanizados y comidos por la gente.

Mientras no sepamos lo que somos y qué llevamos en nuestro ADN la impronta divina, seguiremos pensando que no valemos, no sabemos y no podemos. Por lo tanto, vamos a vivir agachados, buscando lombrices en el suelo.

Ese vivir insatisfechos con las cosas de abajo, así como el deseo de levantar la vista a las alturas, muestran que no somos pollitos, sino águilas reales.

Señor, no quiero morir buscando lombrices en el suelo. Quiero esperar en ti, porque los que esperan en ti, renuevan sus fuerzas como las alas de las águilas, para caminar sin cansarme y correr sin fatigarme (ls 40,31).

Quiero levantar mi mirada para buscar las cosas de allá arriba, donde tú, Jesús, estás sentado a la diestra de tu Padre y un día yo me encontraré sentado y escondido en ti. (Ef 2, 6; Col 3, 3).

Que ya desde ahora tenga nostalgia de esa gloria que me espera para vivir con los ojos en el cielo, pero los pies en la tierra.

Si no buscamos las cosas de arriba, vamos a andar buscando lombrices en la tierra.

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