>Por el padre Miguel Ángel
Padre.miguel.angel@hotmail.com

Martín trabajaba en la oficina de Correos número 23 de Managua, Nicaragua, cuya labor era procesar las cartas que tenían dirección ilegible.

Un día, llegó a sus manos una carta con escrito tembloroso, que iba dirigida a Dios; sí, a Dios mismo, pero no tenía dirección alguna. Como esa correspondencia no llegaría a ningún lado, Martín decidió abrirla para ver de que se trataba.

“Querido Dios: Soy una viuda de 84 años, que vive de una pequeña pensión. Ayer, alguien robó mi bolsa que era todo cuanto me quedaba del mes, y ahora voy a tener que esperar hasta el año nuevo.
El próximo domingo es Navidad y había invitado a dos amigas mías a celebrar mi cumpleaños, que presiento será el último sobre esta tierra, aunque me consuela que el siguiente lo celebraré contigo en la gloria. Pero, sin dinero, no podré ofrecerles nada. Mi alacena está vacía de alimentos. Tú eres lo único que tengo, mi única esperanza. Sé que en estas fechas tiene muchos gastos, pero ¿me podrías ayudar según tus posibilidades?

Sinceramente: Natalia”.

Fue tal el impacto que la carta causó, que Martín decidió mostrarla a sus compañeros de trabajo. Todos quedaron tocados emotivamente por la sencillez y confianza de la anciana y comenzaron a buscar en sus bolsas y carteras. Al final de la tarde, habían logrado reunir 680 pesos para enviarlos a Natalia.
Martín, haciendo un acto de generosidad más allá de sus posibilidades, colocó otros 200 pesos con lo que se reunieron 880 valiosos pesos.

Todos los empleados que cooperaron tuvieron una sensación de satisfacción, que tal vez no experimentaban hacía mucho tiempo, dando desinteresadamente una alegría a Natalia y a sus amigas. Además, se había realizado de forma tan discreta, que nunca nadie percibiría el noble corazón de los empleados del correo.

Vino la Navidad y se fue. Algunos días después, llegó a la oficina de correos otra carta de Natalia. La reconocieron inmediatamente por la escritura y porque iba dirigida también a Dios mismo en persona. La abrieron y todos con curiosidad escucharon lo que Martín leía:

“Querido Dios: Con lágrimas en mis ojos y con profundo agradecimiento de mi corazón te escribo estas líneas para decirte que mis amigas y yo hemos pasado una de las mejores navidades de la vida, gracias a tu maravilloso regalo, Dios. Por cierto, faltaba 120 pesos. Tal vez era todo cuanto tenías, pero yo sospecho que se los robaron los empleados del correo, que son unos ladrones y siempre hacen lo mismo.
Todos los días se nos presenta una oportunidad de colaborar para mostrar la fidelidad y la generosidad de Dios. Desgraciadamente, hacemos depender nuestra tarea de la respuesta y opinión de los demás.

Si tu fueras Martín, ¿harías una nueva colecta para completar los 120 pesos que faltan?

Si lo hicieras, se restauraría el prestigio de Dios, que quedó en duda.

Si lo hicieras, se cambiaría la idea sobre los empleados del correo.

Si lo hicieras, harías feliz a una viejita en su último año de vida.

Si lo hicieras, tu mano derecha no sabría lo que hace tu mano izquierda; y tu Padre que ve lo secreto, te lo recompensaría.

Si lo hicieras, no dependerías de los demás para hacer el bien.

Señor, en algunas ocasiones procurando el bienestar de los demás, me malinterpretaron, por lo cual renuncié a continuar.

Lo peor, Señor, no fue lo que ellos pensaron de mí; ni lo que yo sentí con sus críticas; sino que me detuve y dejé de hacer el bien.

Hoy, te doy gracias por tu ejemplo de amor incondicional, que amase sin estar limitado por la respuesta de los demás.

Si la herida de ser malinterpretado fue mayor que mi alegría de hacer el bien, es que en el fondo actuaba con doble intención y esperaba un tipo de recompensa.

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