> + Excepto la marabunta en el metro
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Por Fabiola González Ontiveros

Tal y como se los había prometido, les cuento que me fui de minivacaciones a chilangolandia, y no es despectivo, yo le digo así de cariño… Pero bueno, partimos el viernes en la noche y llegamos en la madrugada, muy emocionadas, cuando por fin nos encontramos con mi hermana la bruja y el súper compa Gonzalo, nos fuimos a descansar un ratito en lo que amanecía y como a las 8 o 9 ya estábamos paradas, fuimos a buscar a mi papá que también se escapó del trabajo para pasar el sábado con nosotros y agarramos camino.

Sabíamos que queríamos conocer la ciudad lo más que pudiéramos, pero no por dónde empezar. Y bueno ese día terminamos en Teotihuacan y con la ayuda de una guía recorrimos el lugar y supimos un poco de la historia. Después de estar un rato con nosotros, la guía nos dejó por si nos queríamos subir a las pirámides o algo más, pues ya lo hiciéramos a gusto.

Pues mi hermana y yo ni siquiera tuvimos duda de subir o no, los que estaban medio zacatones eran mis papás, que veían las pirámides tan altas que decían que mejor nos esperaban abajo. Gonzalo tampoco se veía muy entusiasmado por subir, pero aún así nos acompañó, así que ahí vamos, Gonzalo, Gabriela, mi sobrina Mariana y yo con todos los ánimos para llegar hasta la cúspide de la Pirámide del Sol, a donde van los supersticiosos vestidos de blanco según eso dizque para agarrar buena vibra el 21 de marzo juar juar juar…

El primer nivel lo subimos como si nada, pero a medida que íbamos escalando, de tan empinada que está nos íbamos cansando, o al menos yo ya iba con la lengua de fuera, las piernas ya no me respondían y seguían por pura inercia, y de milagro llegamos a la cima, pero valió la pena la vista desde arriba, lleno de árboles alrededor y claro, nos quedamos un ratito a recuperarnos, en lo que seguían subiendo y bajando los demás turistas, muchísimos de ellos extranjeros.

Bajamos más rápido, aunque con cuidado para no dar el azotón por ahí, pero aún así Mariana se cayó por unos escalones y trae un moretazo que para qué les cuento.

La Pirámide de la Luna ya no la subimos, total… la más alta era la del Sol y en esa ya nos habíamos trepado, así que para qué. Y después de asolearnos toda la mañana y cansarnos, nos dispusimos a salir de ahí, pero casi no lo lográbamos porque los vendedores nos hicieron montón y no nos dejaban irnos para ningún lado, pero cuando por fin pudimos huir mejor nos fuimos a comer a otro lado, el camino estuvo larguísimo porque era sábado como a las 4 de la tarde, lo que significa demasiado tráfico.

Barriga llena y corazón contento, así que nos fuimos al centro. Estábamos viendo todas las tiendas y caminando con la intención de ir a la Torre Latinoamericana, cuando mi hermana Gabriela, que está igual de ciega que yo (hasta en eso nos parecemos) se paró en seco y me dijo: “se me cayó el pupilente”. ¡Con una…! esas cosas nomás le pasan a ella. No se le cayó… pero estaba doblado desacomodado y metido en no sé qué parte del ojo, y cuando por fin lo encontramos ahora sí se le cayó al suelo, imagínese nomás, lo levantó y se le volvió a caer… Le digo que sólo a ella le suceden cosas raras, cuando lo levantó por segunda vez ahora sí lo detuvo bien, pero para quien use este tipo de lentes sabrá que si en cinco minutos no lo mojan se seca y se rompe, y tampoco teníamos agua, así casi que tuvimos que correr para encontrar una tiendita, mientras ella iba por todos lados gritando que se le había caído el ojo… Compramos el agua y subimos a la torre para lavarnos las manos, lavar el lente y volvérselo a poner, y después de que hubo recuperado su ojo entonces sí subimos hasta lo más alto para observar la ciudad desde ahí, que ese es el chiste de la torre, vimos Bellas Artes desde arriba y hasta donde nos alcanzaba la vista de la ciudad. Nos quedamos a ver el atardecer, que fue de un color naranja y rosa muy bonito, lástima del gris castroso del smog que le partía la madre a la ciudad.

Por la noche fuimos a cenar unos pastelitos deliciosos y regresamos al departamento en metro, ya que no habíamos llevado carro porque el tráfico y el estacionamiento eran imposibles… ¡Ay el metro…! qué cosa más divertida se me hizo (al menos ese día), porque se subía cada persona… la verdad yo nunca me aburrí, viendo tanta gente tan extraña me moría de la risa junto con la Gabicita.

El domingo por la mañana mi papá se regresó a Jalapa a seguir trabajando y nosotros íbamos a ir a Six Flags, pero nos dijo Gonzalo que iba a haber demasiada gente, y como Gaby estaba ya dando mucha lata con lo del mentado panda, porque una vez cuando ella estaba chica mi familia fue al zoológico y ella sólo tenía la ilusión de ver al dichoso panda, pero no sé qué pasó que el animal no estaba, así que se traumó la pobrecita y estuvo toda la mañana como trastornada repitiendo “quiero ver al panda” una y otra vez. Yo no sabía de cuál fregado panda me hablaban, ya que jamás había ido al zoológico del D.F. pero nos hartó tanto que fuimos a dar ahí. Me gustan los zoológicos, me encantan los animales, pero a ella sólo le interesaba ver el osote. Llegamos y resulta que fue de los primeros animales que vimos, me gustaron mucho, eran dos… bueno los que vimos, porque resulta que estaban dormidos (para desgracia de mi hermana), uno estaba totalmente tirado boca abajo y de espaldas a nosotros, y el otro estaba echándose también una pestañita en una escalera que tienen ahí, dormidísimos los dos… Eran la viva imagen de la despreocupación.

Como no pudimos tomarles fotos de frente nos encontramos un muñeco gigante tipo estatua, un poco más delante de donde estaban ellos, y ahí cada quién se puso a un lado del mono y nos tomamos la foto.

Después de recorrer el zoológico subimos hasta Chapultepec, donde nos metimos al castillo y nos impresionábamos con los lujos y lo bonito que estaba todo.

Después de eso estábamos rendidos, nuevamente las piernas se movían por pura inercia, pero hicimos como pudimos para llegar hasta el carro y seguir el camino.

Después de una merecida pizza fuimos a visitar a mi hermana la bruja que estaba trabajando aún, así que conocimos también las oficinas de ESPN. Dice la bruja que ahí sólo trabajan 5 mujeres, así que ahora entiendo por qué se nos quedaban viendo tan raro, y como nos sentimos un poco incómodas mejor huimos discretamente. Claro, no sin antes habernos metido al estudio de grabación, y no faltó la foto con “el ruso” Brailovsky que no sé por qué le dicen ruso si es argentino, pero bueno… El caso es que estaba ahí nomás sentado viendo la tele, estaba también Rafa Puente, pero ese se nos escapó, y José Ramón Fernández aún no llegaba, así que tampoco pudimos conocerlo. Claro que como no sé nada de deportes me iban diciendo: mira este es fulanito, y aquél es perenganito, y aquellos salen en tal programa, y la Gabicita que sí le gustan los deportes estaba como niña en juguetería, pero nos fuimos… ni modo.

Cuando salimos ya estaba obscuro, entonces por si las moscas mejor nos fuimos al departamento, me subieron a un camión, el primero al que me había trepado en la ciudad de México, donde por cierto me tuve que ir parada un buen rato, y ya cuando nos bajamos tomamos el metro. Ni lo sentí, pero hicimos como una hora en todo el camino, y otra vez me divertí mucho al ver que llegan batos con sus bocinas y se ponen a vender discos piratas ahí.

El lunes se nos fue el día de tienda en tienda en el centro, aunque perdimos media mañana sin querer por falta de comunicación, y otra hora y cachito en el banco… porque ese día se les ocurrió que iban a pagar la tarjeta y la fila estaba larguísima, pero de todos modos nos entretuvimos chismeando y criticando, así que básicamente consistió en la pura tarde. Encontramos una banca de la Familia Burrón y no teníamos ni idea de quienes, eran porque esos no eran de nuestros tiempos, al menos de Gaby y míos, pero de todos modos nos tomamos muy divertidas la foto con los monos esos.

Cuando anocheció y nos dirigíamos al metro nos detuvimos en la catedral, pero como ya era de noche las fotos no salieron bien, además de que las iglesias de noche como que dan miedito, entonces nos salimos, y ya nos íbamos cuando escuchamos unos tamborazos, de unos batos que la hacían de escoceses, o quién sabe, a lo mejor sí eran, pero tocaban bien chido con las gaitas y todo. De fondo estaban las luces del Palacio Nacional y el árbol prendido en el zócalo, pero sinceramente el zócalo no tuvo chiste porque estaba infestado de gente -y eso que era lunes- por la dichosa pista de hielo, pero mejor ni nos acercamos por ahí, con eso de que mi mamá se engenta…

Llegó el martes… nuestro último día en chilangolandia, primero fuimos al Estadio Azteca, de pasadita sólo para la foto y ya, luego otra en uno de los edificios de la UNAM, y para pasarnos el día terminamos en Coyoacán, donde visitamos la Casa Azul, la iglesia del lugar y recorrimos todos y cada uno de los muchos puestos de chacharitas que había ahí.

Para regresar tomamos otro camión y un metro y así llegamos al templo de San Judas Tadeo, y la palabra mágica para salir de ahí fue que la bruja dijo que esa zona no era segura. Agarramos otro camión y nos bajamos por el Angel de la Independencia… Bueno, por ahí, pero no íbamos a salir de la ciudad sin haber visto el Angel, así que más fotos ahí y ahora sí de regreso al depa.

Ese día transcurrió normal, fue un día muy bonito, viendo cositas y museos y fotos a lo bruto… hasta que tuvimos que tomar el metro nuevamente, eso fue una odisea que le voy a contar a mis nietos… y a ustedes por supuesto.

Pues resulta que el metro iba ¡hasta la madre!, no que… ¡hasta la madre! es poco, hágase una idea, y les dije: espérense al otro no hay ninguna prisa. Pero no… no le hagan caso a Fabiola…

Nos subimos a ese metro que estaba lleno, con cuadros y bolsitas que traíamos cargando desde Coyoacán, mi mamá de por sí que se engenta muy fácilmente y aparte es claustrofóbica, y cada maldita estación se subía más gente, y por si fuera poco entre estación y estación se quedaba parada la madre esa, y mis hermanas y yo nomás veíamos cómo mi mamá se iba poniendo roja, ya nos estaban apachurrando por todos lados, lo bueno es que era un vagón de puras mujeres, así que no sufrimos de pasteleadas por parte de los hombres, y además llevaba aire el vagón, así que sólo nos preocupábamos por llegar, pero en una de tantas que se para la mugre máquina, también el aire y se bajó la luz…¡Chintolas! Qué cosa más horrible, creíamos que mi mamá se nos iba a desmayar ahí mismo, pero había tanta gente que probablemente se iba a desmayar parada, afortunadamente no lo hizo, pero estaba a punto del llanto. Por fin caminó y llegó la hora de bajarnos… la misma gente nos decía: váyanse acercando a la puerta porque si no no las van a dejar bajar. Nos acercamos como pudimos pero era casi una misión imposible, y cuando se abrieron las puertas sentimos que nos moríamos, la gente escasa de lógica en vez de dejarnos bajar se querían subir y no les daba el cerebro para pensar que ya no cabía nadie a menos que nos dejaran pasar. Bajé a empujones, tiré madrazos y maldiciones para todos lados, mientras estaba desesperada viendo que mi familia no podía bajar, con todo y Marianita que es una niña.

La gente que estaba en el vagón nos ayudó mucho, debo admitirlo, sí hay chilangos amables, ya lo comprobé, nos aventaron como pudieron para salir, y casi los podemos imaginar dándonos de patadas para sacarnos, pero a esas alturas era un signo de ayuda, por lo que no me importó.

Para no hacerles el cuento más largo, salimos de ahí todas temblorosas, asfixiadas y apanicadas. Pero de ahí en fuera la ciudad me gustó mucho, es maravillosa y tiene muchas cosas bonitas, sólo que la gente y el smog se la parten… Por eso dicen que la mejor época para visitar el D.F. es en vacaciones, cuando los chilangos no están.

Y pues ya me despido. Ojalá que se hayan entretenido un poquito con las aventuras de mi familia. Y por último un consejo: Si de pura chiripada va usted al DF y tiene que tomar el metro, no tome la línea uno que va por Pino Suárez por ahí como de las 5 a las 9, porque probablemente le pase lo mismo.

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